Ricardo Ruiz de la Sierra

La tristeza de la Semana Santa este año la vivo muy dentro, empatizo con el sufrimiento humano que causa el libre albedrío de la ira, la envidia, la codicia, el egoísmo…. No hay más que abrir el periódico: guerra, refugiados, ahogados en el mediterráneo, terrorismo, etc.

Contemplo por casualidad, en la oscuridad de la noche, la silenciosa procesión. Un penitente descalzo arrastra una pesada cruz de madera y me conmueve. Cristo, un tipo traicionado por un amigo, negado por otro, abandonado por todos sus conocidos, condenado por el fanatismo religioso, odiado por la masa, del que se lavan las manos las autoridades judiciales, torturado y después asesinado con una muerte lenta y cruel. Como tantas victimas de la barbarie humana. Detrás de dos largas filas de mujeres enlutadas, indiscretamente serenas, pasa despacio, a hombros de nazarenos, el Cristo yaciente de Gregorio Fernández, el famoso imaginero barroco, ¡Tan real, tan muerto! Los ojos entreabiertos, el cuerpo semidesnudo y ensangrentado, igual que una de las víctimas del atentado terrorista en Afganistán, Pakistán, Egipto, Londres, Moscú o Estocolmo o en el bombardeo de Alepo, que portaban en una improvisada camilla viandantes histéricos según se podía observar en las imágenes de la televisión. Se aleja la mirada con la comitiva, los tambores comienzan de nuevo a marcar el paso, vuelvo en mí por los agudos pitidos que suenan detrás, giro la cabeza y veo que el guardia urbano da paso a mi vehículo.

Qué maravillosa historia de esperanza en medio del horror, “no temáis a los que matan la carne sino a los que matan el espíritu.” A lo mejor era “el dios desconocido” que los griegos adoraban en un altar, con poder para ordenar a una legión de Ángeles que le defendieran y sin embargo se equiparó a los millones de inocentes que sufren hasta la muerte ¡Qué buen dios sería ese! El dios del amor, el karma de los espiritualistas, el azar de los científicos, la metafísica de los filósofos.

Este pensamiento me reconfortó al instante. Si Dios existe este Jesús debía ser pariente suyo pues pasa aligerando el sufrimiento de los hombres sencillos, de los pacíficos, de los que golpea la aleatoria suerte o nos fortalece para soportar nuestra propia cruz por el sendero “estrecho y empinado”. Improvisé una oración después de haberme olvidado de rezar:

“Esta noche yo también voy descalzo sobre la fría acera y me cubre un manto púrpura de desconsuelo. Si tú no me abandonas, acepto penar contigo sin desesperanza, sin quejarme, sin culpabilizar a nadie. Quizá me elegiste como un instrumento de paz, quizá para hacerme mejor pues, aunque me mate seguirá teniendo sentido. Tus caminos, una vez más, son inescrutables y tu voluntad un misterio insondable”.

Cuando veía la violencia y la muerte por televisión, a menudo me preguntaba: ¿Dónde está Dios? Parece que hoy me responde: ¡Buscándote! ¡Vamos! que voy delante… yo tampoco merecía lo que me hicieron… el final no es ese viandante tendido, esos escombros que aplastan a un niño, ese coche calcinado con su conductor, ese hombre clavado en una cruz… el final es feliz.

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo: PASIÓN DE CRISTO Y BARBARIE HUMANA

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