Ricardo Ruiz de la Sierra

El individuo bien educado no suele convertirse en un salvaje ni en circunstancias excepcionales. Incluso en legítima defensa la proporcionalidad y la generosidad son frecuentes en grandes hombres que no se ensañan o vengan cuando se defienden pues, “La cobardía no tiene nada que ver con la no-violencia” decía Gandhi. De hecho, muchas conductas solidarias o valientes en condiciones adversas, nos sirven de guía a los demás y los malos ejemplos nos repugnan, intentamos que no se repitan. Las sociedades occidentales, civilizadas por siglos de cultura, no se vuelven genocidas por despertar un supuesto lado oscuro e incontrolable dentro de cada individuo sino precisamente por la mala educación, la que no fomenta el espíritu crítico y nos hace seres obedientes sin replantearnos las normas que nos vienen impuestas. Con ese sustrato de convención social y el miedo que, si anida en cada corazón humano a contradecirlo por el relicto “espíritu de clan” que nos acompaña desde la época de las cavernas, una razón perversa puede convencer a cientos para ejecutar a miles de inocentes. Como dice la filósofa húngara Agnes Heller (superviviente del Holocausto Judío): “el instinto y los sentimientos puede matar a unos cuantos, pero la razón a millones”.

El que es violento, intolerante o racista (afortunadamente son los menos), lo es en privado porque son ideas que no se puedan defender en una democracia liberal, pero, cuando surge algún problema (crisis de refugiados) o les jalea algún político populista se manifiestan públicamente. Este tipo de energúmenos de extrema derecha o izquierda en periodos de paz se comportan como acosadores laborales o maltratadores en el hogar y en situaciones de rio revuelto o de conflicto son los primeros en apretar el gatillo.

La solidaridad es innata en nuestra especie, social por excelencia, pero, el “homo religiosus” también ha sido clave en su éxito evolutivo. Muchísimas conductas humanistas que se producen a diario y se han producido a lo largo de los siglos están inspiradas por las creencias religiosas contra muy poquitas inhumanas motivadas por el fanatismo y que hacen mucho ruido. Hay víctimas del terrorismo que, aunque nunca olvidarán a sus seres queridos han perdonado a los terroristas, hay otros que ponen la otra mejilla bastantes veces, hay tipos que no responden a la violencia con violencia mostrando al agresor su peor cara como en un espejo, hay personas que jugándose su propia vida en una catástrofe rescatan a otras o que en una guerra ayudan a otros seres humanos, como decía Sastre: “… esos son los imprescindibles”.

La mar está en calma en las democracias liberales porque somos muchos más los peces que nadamos donde penetra la luz del sol. Nos comportamos adecuadamente con el prójimo gracias a los buenos ejemplos de los que nos precedieron, devorados, en muchos casos, por los tiburones que suben del fondo. Aunque alguno, presa del pánico, acabe de rémora de esas psicologías oscuras que intentan que el cardumen se revuelva buscando diferencias entre hermanos o tratando de que nos posicionemos frente al vecino, somos mayoría los que “no tinc por”.

Las personalidades humanas en su peor estado de salud (incluso sin situación adversa) se dividen en las que matan o las que antes de matar se suicidan (por sentirse culpables). El mal existe y es llevado a cabo por poca gente: la gente sin empatía (psicópatas) o con un trastorno psicosocial (del que a veces todos somos un poco responsables), la gente que se permite odiar, los egoístas (posesivos hasta con las personas), envidiosos o que a menudo creen que les están atacando. El poco mal que hacen los que casi siempre se comportan bien, el ser humano es débil, va cargado de dolor de corazón, arrepentimiento sincero y propósito de enmienda. Como dice la misma filósofa, que no confía en la razón del hombre sino únicamente en su bondad: “el mundo es un lugar peligroso y si progresa es por la buena gente que hay”.

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo: Tiburones y el banco de peces

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