Ricardo Ruiz de la Sierra

Unas de las principales herramientas de manipulación social es promover la emoción frente a la reflexión. Hacer sentir a la gente, por ejemplo su identidad, antes que razonar. Únicamente se logra en una minoría, como es lógico, pero no importa, es fácil manejar el miedo de la mayoría a enfrentarse a los emocionados. Los líderes saben el “efecto amedrentador de gritar y agitar banderas”* y del incremento de la ilusión entre sus enajenados con la aparente “unanimidad en la espiral de silencio”* .

En Cataluña el “Proces”, que no es un proyecto político sino un tipo de xenofobia común a todos los nacionalismos, empezó hace una generación. Los intelectuales alertábamos de que no se podía imponer una lengua a una sociedad (la inmersión al catalán es un intento de poner vallas al campo). Escribí en el diario el mundo de Valladolid: “Si hace seis años (1997) mis hijos no podían jugar con los niños catalanes porque estos no entendían el castellano, hoy (2003) los adolescentes siguen sin saberlo” (el castellano se suprimió incluso en la universidad). Denunciábamos que había que favorecer la movilidad de los funcionarios y los trabajadores (“viajar es el remedio contra ese mal” aseguraba Unamuno), que se estaba primando “la identidad sobre la ilustración” como escribió hace poco Juan Luis Cebrian y de que se estaba “subvencionando fuertemente a una minoría secesionista muy organizada”*. Las fuerzas políticas de ámbito estatal que necesitaban el apoyo nacionalista para gobernar miraban para otro lado.

Los nacionalismos,  especialmente en tiempos de crisis, buscan culpables fuera (para no asumir responsabilidades propias) y tienen una única respuesta a los problemas, por complejos que estos sean: más épica identitaria y supremacista (en Cataluña, la independencia).

La esquizofrenia emocional de la que se ha ido contagiando el independentismo catalán les hace ver urnas gigantes en vez de molinos-locomotora (con el consiguiente riesgo de un choque de trenes), vislumbrar el paraíso en vez de la reseca tierra mediterránea (parecen vegetales enraizados en lugar de personas), les hace sentirse hombres y mujeres mejores que el resto de los humanos (asegura Alex Ramos activista de Sociedad Civil*) y atisban un futuro en soledad más halagüeño que el de la Unión Europea. Para ello, les es preciso dividir a los vecinos en patriotas y desafectos, de primera y de segunda (aunque hay mucha gente que no se siente interpelada todavía*) y buscan diferencias entre españoles, amigos y familiares.

   En una democracia liberal el principal consenso aparte de  derechos y deberes fundamentales es que estamos en desacuerdo. A los políticos les elegimos para que discutan, negocien y acuerden con otros partidos (se agotan los negociadores nunca la negociación). A pesar de opinar distinto siempre hemos podido saber de que estábamos hablando, hasta hace unos días, en que los dirigentes independentistas han cambiado de canal, no escuchan la misma emisora ni siquiera con interferencias y eso es estar en otra onda. La de acusar de antidemocráticos al gobierno, los principales partidos y los jueces por hacer cumplir la ley mientras que su referéndum y su ley de desconexión lo imponen al resto de España y a la mayoría de los catalanes que no piensan como ellos, como un acto de salud democrática. Eso es discordar y delinquir.

Estas fuerzas centrifugas que en las democracias liberales denuncian que se “sienten” oprimidas, curiosamente pretenden hacer lo mismo, los vascos con Navarra y otras comarcas, los catalanes con los que llaman “Países Catalanes” y a los que a su vez apelen al “derecho a decidir” de su provincia, ciudad o comarca a permanecer en España.

Los españoles agradecidos a otros políticos de altos vuelos y, mediante nuestro esfuerzo, disfrutamos ya muchos años de un nivel bastante aceptable de paz y desarrollo, sumamos y no tenemos este problema añadido mental, pasional o como escribió Javier Cercas: “una revuelta de catalanes ricos contra catalanes pobres”*. El estatus-quo lo vivimos con naturalidad, producto de quinientos años de historia en común y de que hace tan sólo cincuenta la mitad de extremeños, andaluces, castellanos y aragoneses migraran a Cataluña, el País Vasco y Madrid (aún veranean en sus pueblos de origen con la otra mitad de la familia).

La vida ya tiene suficientes problemas como para crearlos, pero ya es tarde, el “proces” ha conseguido que muchos sufran por no poder votar la independencia y el resto desea opinar sobre esta locura sentimental mediante el voto secreto para “no morir civilmente o quedarse sin trabajo”*, por lo que opino se debería realizar un referéndum legal, pactado y con garantías. En el parlamento tarde o temprano se encontrarán apoyos para cambiar la Constitución y que todo el pueblo catalán se manifieste. Los independentistas son minoría pero confían en que como con el “Brexit” vote el diablo. Seria un debate público más enriquecedor que el actual diálogo de sordos centrado únicamente en si se va a celebrar o no el referéndum ilegal. La campaña estaría plagada de sentimientos y afectos sinceros frente a los exaltados y de balances económicos serios frente a los delirios de riqueza de los que quieren ser padres o mártires de una nueva patria. Algunos de los “enamorados” solo necesitan escuchar que se les necesita y se les quiere, cosa que los hermanos catalanes silenciosos ya saben y que es recíproco (lo se por mis familiares allí). Ahora que, a los actuales dirigentes del “Gobern” les inhabilitaba por “llevar la emoción a un punto tan peligroso”*.

 

* del artículo publicado en el diario El País  “por que callan los catalanes”

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo: DESAFÍO SECESIONISTA

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