Ricardo Ruiz de la Sierra

Poema que será publicado en mi última obra de próxima publicación y de la cual os daré más información en su día.
De momento solo puedo adelantaros este poema el cual ira incluido en una novela “dedicada” también a Sergio Martín Peña, el que fuera vilmente asesinado.


EN TIERRAS DE ALVARGARCIA

De vez en cuando en la sierra
Los lobos se cruzan con hombres,
Sus “ojos negros” de arcabuz
Acaban por dar caza al más crédulo
O se arrojan desesperados al vacío
Aullando desde los riscos de granito.

Ha sido en el Hoyo donde
La vara del un vaquero cobarde
Como talibán enajenado
Le ha roto la cerviz a otro mozo.
A traición, como se podan los enebros.

No criaba cuervos,
Digan lo que digan
Pero le sacaron los ojos,
Le arrancaron los tatuajes
No pudo enderezar el torso,
Por que se dejo conducir
Creyendo que todos eran buenos.
Desconocía los celos y la envidia.

Que caiga una maldición
Y malparan las vacas
Fetos enanos y contrahechos
En la tierra que escondió su noble cuerpo,
Que queden silenciosos los pastos de cencerros
De risas infantiles la aldea
Que se vuelvan contra los dueños,
Los animales domésticos.
Que el toro permanezca estéril
Porque fue con engaño la víctima.

Le buscamos una semana,
En el pantano oscuro
En los parideras abandonadas
En las pinedas solitarias
En los refugios de antiguos pastores
Hasta debajo de los carroñeros arremolinados
Sobre los mal nacidos.

Su padre le llamaba sin voz
Por badenes y colectores
Y se acordaba cuando de niño
Le cogía la mano con firmeza,
Por los alcores el viento no confesaba
De donde venía o a donde iba.

Mientras en las “fuentecillas”
El agua de lixiviados se enrarecía
Y el sociópata seguía sin empatizar.
No siente remordimiento de criminal
Compra en el kiosco de los inocentes
Satisfecho su odio justiciero.

¡Adelante, adelante! le jaleaban
¡Venga, venga! ¡Vamos, vamos!
Pasteros, cebados y nodrizas
¿Para qué tanto ajetreo?
Si creció infeliz y descontento
Apaleando a los vacunos.
De qué le sirve el futuro preso.

¡Necesitas madurar! Le decían al otro
Crees saber más que tus viejos
Pero tal vez halles tu camino.
Y daba fuertes abrazos
De amor fraternal o de sexo
Y servía cafés cuando le convenía
Con una sonrisa de corazón.

Haberte quedado en Bravo Murillo
Con la novia, el curro y los perros
Que allí los hombres se cruzan con extranjeros
O haber emigrado en primavera
Como los veraneantes y los milanos negros
Dejando atrás los valles oscuros de pizarra.

Que rabia no haberte dicho:
Que por la tarde te matarían,
Que el precio de los cachorros sería tu vida,
Que no montaras en un furgón de muertos,
Que el conductor deseaba lo que a ti te regalaban.
Te creíste más fuerte que el odio.
¡Juventud inconsciente!

Las mujeres gritaron en la plaza
Cuando una guija rodó
Bajo el pie del policía,
En los prados malditos de Alvargarcia
Que la ira homicida envenenó.
Inútil parecía ya la búsqueda
Cuando la última esperanza se perdió.
Tus amigos se derrumban
Exhaustos y malheridos.

Las víboras y los alacranes huyeron
El hombrecito-lobo cayó en la trampa,
Ya solo hay consuelo
En la cercana pasión del Nazareno
Que manda:“no codiciaras a nadie”
Ni a una mujer ni la vida de Sergio.

¿Justicia?
¿Pero quien puede devolverle la vida
En este soleado día?
Tiene que existir un cielo
Mejor que una larga vida
Es imprescindible por que aquí no hay garantía.

Su cuerpo hermoso no le dará
Amarillo a la flor de los piornos
Ni verde a los helechos
O blanco a las rosas silvestres
Ni vestirá de comunión a las jaras en mayo
O de púrpura a los cantuesos
Ni siquiera robustecerá los tallos de los berceos
Solo indignación para unir a los naveros.

Va la comitiva para darle sepultura al fin
¿Ni accidente el sábado ni tumor maligno?
Preguntan los forasteros,
No, la sangre fría de la malhomía.
Y se unen al pueblo en silencio,
Que contiene la rabia como el vapor
Para mover la tenue justicia humana.

En el equinoccio de los poetas
Ni en agujeros ni ribazos te busco,
Por que tu sonrisa cálida
Un remolino ascendió lentamente,
Girando con los abantos
Sin mover sus alas, alta, muy alta…
Hasta que un ángel con tu voz
Me susurró en el viento de los molinos:
¿Que haces mirando al cielo?
No sabes que Dios recibe al instante
A todas las víctimas de la barbarie.

RICARDO RUIZ DE LA SIERRA, Abril 2015

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