Ricardo Ruiz de la Sierra

Ha sido emocionante escuchar los debates públicos que se han producido en Escocia a raíz del referéndum de independencia. Un plebiscito legal pactado entre los gobiernos escocés y británico con el tipo de pregunta, las mayorías necesarias y otros aspectos no menos importantes en un verdadero acto de democracia y tolerancia (no la “desconexión” que quiere imponer la Generalitat de Cataluña a más del 50% de los catalanes que han votado en unas elecciones-consulta que no quieren la independencia). La de Escocia fue una campaña apasionada entre los partidarios del “SI” y del “NO” porque es un sentimiento lo que se está manifestando libremente. Las diferencias entre unos y otros son sobre todo emocionales, aunque todas las fuerzas políticas se pusieran a calcular las consecuencias económicas y las autoridades de Bruselas presionaran claramente hacia el “No” a la independencia. Realmente no creo que si hubiera surgido un nuevo estado los escoceses tuvieran hoy más derechos ni mejores servicios; más bien al contrario como alertaban los responsables financieros del miedo a la inestabilidad de los capitales, por salir momentáneamente de la CEE y por la consabida experiencia humana de “la unión hace la fuerza”.

Desde luego que en los países pertenecientes al viejo continente, a punto de alcanzar una plena unión con la convergencia fiscal y en estos tiempos de fusiones de empresas y mercados globales (hasta el precio de los cereales de mi pueblo se fija en Londres) estas reacciones centrífugas resultan un poco anacrónicas (curiosamente las costumbres y tradiciones locales hoy corren menos peligro de desaparecer que nunca, defendidas a capa y espada por las Administraciones Autonómicas). Quizás tenga que ver con el dinero y la diferencia de renta entre el norte y el sur dentro de cada país. Siempre he pensado que el nacionalismo, en los países desarrollados, es un tipo sutil de xenofobia más que un proyecto político, una fuerza tribal que requiere uniformidad antidemocrática y que manipula el miedo que anida en lo más profundo del corazón humano que se entierra y enraíza como los vegetales buscando fuera a los culpables de una situación de crisis. Además, el nacionalismo que siempre enarbola banderas como el derecho a decidir pretende anexionarse a los territorios colindantes que considera parte de su paranoia del paraíso terrenal (las baleares y valencia los catalanes, Navarra y parte de Francia los vascos) y jamás aceptaría una segregación o secesión.

En mi opinión el presidente de la Generalitat podía haber intentado negociar con todas las fuerzas políticas y elevar el debate a la opinión pública, si el gobierno actual no quería ni oír hablar de reformar la constitución para hacer la consulta.

La comparación es injusta, Escocia lleva trescientos años solo formando parte de otro reino y Cataluña siempre ha sido un condado dentro del de Aragón y desde hace quinientos años pertenece al de Castilla y Aragón… pero si la mayoría de sus habitantes ahora se sienten de otra forma, un sentimiento relativamente nuevo comparado con el peso de la historia, hay que respetarlo. Creo que las lenguas separan a las gentes y los políticos catalanes han impuesto la inmersión lingüística al catalán. Los políticos escoceses han sido menos paletos y han dejado que cada uno hable lo que le dé la gana.

La única porfía que se ha generado entre nosotros, por la falta de paciencia de los independentistas, es la de si se iba a realizar el referéndum o no y si era una convocatoria democrática o ilegal. (Lo que no hay duda es que fue un acto temerario). Verdaderamente pobre y peligroso el debate en España comparado con el Inglés. Aquel ha sido semejante a una terapia de pareja ante un posible divorcio donde los políticos, artistas, deportistas e intelectuales le ruegan a la “pareja escocesa” que no se vaya, que la quieren, que tienen muchas cosas en común y que juntos han logrado ser grandes (Gran Bretaña) y alcanzado el “estado de bienestar” aunque ahora este bajo mínimos. Al mismo tiempo los gobernantes ingleses y galeses le ofrecían más competencias, dinero y le prometían no ser un obstáculo en sus deseos de libertad.

Enternecedor es escuchar que no pueden vivir sin ti, y como la independencia, si no se han vuelto locos, es solo un sentimiento, a lo mejor es lo único que desean muchos catalanes y vascos además de poder manifestar su opinión: que les digamos que les queremos y obsequiemos con algún piropo-reforma ¡Arriesguémonos los españoles que no tenemos más problemas que los que la vida diaria nos depara: el paro, la salud y el desamor! El referéndum es una elección muy sana y renovadora de compromisos vitales (como las bodas de oro de unos esposos). Además estamos muy cansados del tema catalán todo los días en el noticiario (anteriormente era peor pues algunos partidos vascos equiparaban su deseo de independencia al derecho a la vida de otros). ¿Y si las perdemos? Aceptémoslas como vecinas divorciadas, pues quizás por actuar como caballeros abriéndoles la puerta algún día vuelvan.

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