Ricardo Ruiz de la Sierra

En esta sociedad tan competitiva de ganadores y perdedores la bondad está desprestigiada, no se promueve, no está de moda. El hombre o la mujer buenos se asocian a una persona que no se respeta sí misma, a la que se puede tomar el pelo o aprovecharse, porque para ganar más, medrar en el escalafón laboral o alcanzar honores y éxito hay que tener pocos escrúpulos.

En realidad ya nadie piensa que pueda existir ese hombre o mujer honesta, con seguridad en sí mismos, que no se venda por ningún precio, con principios y valores humanos firmes. Alguien que, en el fondo de nuestra alma, todos necesitamos creer, o mejor dicho ver, porque ya no creemos nada si no lo vemos en televisión, para después sospechar de ese raro espécimen porque lo que ha triunfado es la mediocridad. Si Jesucristo viniera hoy al mundo, los medios se encargarían de desprestigiarlo. Si Vargas Llosa escribiera con un pseudónimo no se jalaría un colín. Incluso si alguien que conocemos personalmente es criticado, lo primero que pensamos es que algo habrá hecho. Solo nos dejamos sorprender en la vida para el mal ajeno y no queremos implicarnos en deshacer ningún entuerto, tan quijotes que nos creemos los españoles. Lo único que pretendemos es sobrevivir y que a nosotros no nos toque. Vamos a lo nuestro y si de reojo observamos maltrato, injusticia o abuso, hacemos como si no lo hubiéramos visto (en el país vasco era descorazonador años atrás).

Como nosotros no somos capaces de superar el miedo, a los escasos valientes que se arriesgan para defender al injustamente tratado los criticamos: “lo hacen para poder ser felices o por inconsciencia…” así excusamos nuestra inmovilidad “por la caridad entra la peste”. Lo malo es que, tarde o temprano, nosotros seremos las víctimas de la envidia, amargura o el intento de manipular de los otros y echaremos de menos alguien que nos ayude. La peste entra siempre por el egoísmo también.

Cada domingo asisto a una reunión de personas que piden machaconamente por el bien personal y el de los demás (exista o no Dios, el humanismo cristiano insiste en que todos somos hermanos). Manifestamos en público el sincero deseo de paz y bienestar para todas las personas que sufren en las guerras, en el tercer mundo o entre nosotros. Somos muy poquitos, pero al menos vienen cada vez menos hipócritas de esos que rezan por el prójimo y cuando salen de la Iglesia si ven a alguien triste no le consuelan. Sin embargo, cada lunes, cuando conduzco o camino hacia la oficina intentando sonreír, recibo la indiferencia, la mala educación o “la mala leche” de algunos con los que me cruzo o si no, de los que trabajan conmigo. A veces me da la sensación de que los cristianos nos engañamos el día anterior, cuando nos recuerdan que se debe amar sin esperar respuesta, porque la gente ni siquiera se ama. Incluso a los que no consideran su gente tratan de fastidiar (los terroristas también quieren a las suyos). Aunque Woody Allen dijo: “necesitamos mentiras para seguir viviendo”, yo creo que es imposible engañarse toda la vida.

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Prefiero pensar que no vivimos en una burbuja, que se actúa mal por debilidad no por maldad. Decía Sócrates: “El hombre bueno es más fuerte que el que se comporta mal… el que obra mal se encuentra mal y es infeliz”. La envidia, la soberbia, la ira, la avaricia, la lujuria, la pereza, la gula y el miedo debilitan a los hombres. “Soy infeliz, por eso soy malo” dice Frankenstein  en la famosa obra de M. Shelley. Muchas veces nos creemos agredidos y, por las malas, todos reconocemos con orgullo que somos peores que nadie.

El humano es un ser social y en comunidad nos desarrollamos adecuadamente, pero por desgracia, en los últimos tiempos el ágora se ha convertido en una pesadilla. El trabajo, donde más horas se pasa y principal medio de realización personal hoy en día, por delante de la familia y el ocio, se está convirtiendo en una jungla sin valores humanos donde la mala educación y la agresividad campan a sus anchas y donde los abusadores se mueven como pez en el agua (una psicóloga clínica me confesó que el “mobbing” es la principal causa de consulta).

Cuando lo que hace falta es intentar reparar las relaciones afectivas, en los medios de comunicación social se insiste en “tirar y cambiar por otra”. Los malos ejemplos abundan en muchos programas basura de televisión, que se entrometen con malicia en la vida de los demás. Los libros más vendidos son los más mentirosos, los de “autoayuda”, porque no podemos ayudarnos a nosotros mismos en el acoso de la sociedad en sus diversas modalidades ni  “lo importante no es lo que te ocurra, sino cómo te lo tomes” porque te hunden la moral y en los centros de salud los médicos no paran de recetar ansiolíticos o antidepresivos.

Decía Teresa de Calcuta que: “la infelicidad del primer mundo es mucho mas difícil de resolver que la pobreza del tercero”. La solidaridad o la hermandad de los hombres… es lo que salva a la humanidad después de todas las guerras, asesinatos, maltrato etc. Donde no hay amor hay que ponerlo y como decía San Juan de la Cruz “hallaremos amor”. El cura tiene razón, hay que seguir dando los buenos días al que no devuelve el saludo o al que nos  ha retirado la palabra, hay que tratar de entender al que nos ha hecho daño o nos ha colocado la zancadilla (se sentía atacado), esa es la fuerza superior del hombre moral, que lo hace no porque su Coach niegue el dolor o la frustración, sino que jodidos perdonamos a base de amor fraternal (la idea de un Dios padre misericordioso con nosotros ayuda). Hay que ser valientes y no cerrar los ojos a lo que ocurre a otros compañeros acosados y si nos sentimos atacados, no nos dejemos avasallar, pero sigamos siendo buenos porque hasta para enfadarse hay que ser un caballero, y además se puede denunciar o animar a denunciar.

En la cincuentena ya no me son tan atractivos los líderes de los grupos en que me he movido, pues la mayoría resultan ser irredentos ególatras con afán de protagonismo (algunos siguen siendo personajes admirados por el gran público) y sin embargo sigo reconociendo en muchas personas que se cruzan en mi camino un valor muy grande: la humildad. Una persona humilde te hace estar a gusto y confiado a su lado, parece que te aprecia simple y llanamente por lo que eres. La bondad les enseña a ser tolerantes con lo que no comparten y generosos con todos; esas personas atesoran en su corazón optimismo y alegría. Ya sé que no es necesario creer en Dios para ser una buena persona y que alguno de los peores actos de la humanidad se hicieron en su nombre, pero a algunos también les vendría muy bien acudir cada semana a estas clases de humanismo.

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