Ricardo Ruiz de la Sierra

Una persona observadora me dijo que era un “provocador” conversando, otra me calificó de “cañero” escribiendo… en ambos casos lo consideré un piropo. Me complace provocar si sirve a la gente para que se pare un poco y reflexione. La libertad de elegir nuestra propia vida, la capacidad de escoger lo que queremos y de rechazar lo que no nos gusta, se ha convertido en una tarea casi imposible. No sabemos ni lo que queremos. Por eso prefiero remar contracorriente porque estamos educados para obedecer e intento no ir a la moda, porque ésta no fomenta que discurramos.

De vez en cuando no está mal pensar, hay demasiada conversación intrascendente y polémica futbolística. De hecho nuestra visión conceptual y abstracta del mundo está cambiando por la influencia de la imagen (el homo sapiens evoluciona a homo videns, según Giovanni Sartori). Los que nos gobiernan, los que dirigen el mercado y la opinión pública, tratan de convencernos de la utilidad de la guerra o de la imposibilidad de acabar con el subdesarrollo. Estas voces dicen “garantizar” nuestra seguridad sin promover la justicia y  “asegurar” el derroche consumista sin tener en cuenta la madre tierra, por eso prefiero “incendiar” el estercolero en el que muy a menudo nos movemos, en vez de revolcarme en la mediocridad.

Lo que no entiendo es que al remover las conciencias, alguna en particular se sienta aludida y se enfade, si jamás personalizo y suelo citar a mis maestros (algún pensador o sociólogo que me ha hecho reflexionar a mi primero). Entonces inevitablemente sale a colación y, me lo tengo merecido, la pregunta del millón: ¿qué haces tú que tanto hablas? No oculto que esos reproches me han servido para adquirir más compromisos, pero al predicador de verdades como templos no hay que pedirle cuentas en el púlpito, sino en todo caso, que cuando baje sea coherente: “haced lo que dice pero no hagáis lo que él hace”. Yo no soy ejemplo de nada aunque trate de vivir como pienso, ni vanidoso, aunque escriba. Soy culpable de denunciar, aunque haga poco (a mi también me dan caña con el humanismo cristiano más comprometido desde el ambón), soy culpable de expresarme con vehemencia aunque la intención no sea fastidiar a los comensales, soy culpable de no desligarme del personaje cuando no es el lugar adecuado, como un Chat, pero no soy responsable de que algunos no sean capaces de perdonarme. La mayoría de las veces el debate surge simplemente por no asentir la opinión general pero dando argumentos, que suelen estar al lado de los mas débiles.

Es saludable violentar las mentes complacientes, incomodar a los acomodados, hacer dudar a los que se creen buenos y en general, molestar a la sociedad burguesa. Al que dice que todo es relativo le contesto que eso no nos impide saber de qué estamos hablando; al materialista que la codicia le producirá hartazgo, al egoísta le digo que nunca estará satisfecho; para el que soslaya continuamente preguntas esenciales le digo que esté un ratito sólo y sin ruido; al que dice que la felicidad está en el interior, a ese, directamente le pellizco para alterar su “karma”; al serio le cuento chistes sin gracia, como él, o me río de mí mismo; al ateo y al que dice hablar en nombre de Dios les llamo fanáticos y al nacionalista le hablo de xenofobia o de paraísos remotos. Al que dice que esto no se pude cambiar, le espeto que menos mal que los antepasados no pensaron igual y al que vive del arte que deje de engañarnos; al que ignora o amarga al que tiene al lado le digo que se acabará deprimiendo aún más que al sujeto que desprecia o acosa.

Ojalá no me fallen las fuerzas para provocar, ni abandone el idealismo o la utopía, que no son metas sino señales, ojalá siga aprendiendo en estas disputas verbales de la gente desafectada y sencilla, ojalá que el rebote del orgulloso no se convierta en odio, porque no se hará bien a sí mismo. Aunque sea un poco pesado y a veces me equivoque, no es una rebeldía sin causa, no es una espiral de queja, no es filosofar sobre el mecanismo de un chupete, no es una polémica absurda sugerir que otro mundo es posible y en ésto, no estoy solo. Hay que despertar la sensibilidad adormecida por el estilo de vida occidental y crear un clima de opinión solidario (ahora la ciudadanía tiene en Internet una herramienta única), porque es la sociedad la que mejora el mundo, no la clase política.

Aunque sea simple palabrería, quizás alguno se empiece a replantear que está programado desde el momento que viene al mundo y empiece a buscar su verdad… si además es generoso con el prójimo, que en ello nos va la alegría, será zarandeado por la vida, pero haciendo el bien, y se morirá un poco mejor (que esto también es posible).

También me han llamado “extremista del lenguaje” pero, eso no me complace, “la violencia sólo genera violencia”. No me gustan los terroristas burgueses que aprietan un botón, ni los locos que se explotan, ni los desesperados que se defienden de una lucha desigual matando gente inocente. Hay un pasaje del evangelio donde Jesús dice que no ha venido al mundo a traer armonía, sino el enfrentamiento en pos de la fraternidad “el padre contra el hijo, el hermano contra el hermano, el esposo contra la esposa…”. Y es que la justicia está por encima de todo y de todos (incluidos los justos, que pueden dejar de serlo) y exige una lucha no violenta diaria en defensa de la igualdad de todos los hombres.

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