Ricardo Ruiz de la Sierra

El otro día me comentaba una psicóloga amiga que la mayoría de las personas adultas que acudían a su consulta, lo hacían por problemas y malos rollos en el trabajo: abuso de poder, excesiva carga laboral, falta de reconocimiento, mala educación o falta de respeto por parte del jefe o de los compañeros (MOBBING).

Las ocho horas como mínimo de jornada laboral que compartimos con los compañeros de trabajo es, en casi todos los casos, superior al tiempo que pasamos diariamente con los familiares y amigos, y si no hay buen ambiente, puede ser una auténtica tortura psicológica. La convivencia es difícil y los conflictos son inevitables, pero para afrontarlos de manera positiva, el hombre inventó desde el principio de los tiempos, la educación y el diálogo. La educación no se ha quedado obsoleta ni es un adorno cursi, es sencillamente imprescindible para sobrevivir en sociedad; así, ceder el paso en una puerta (sea hombre o mujer), es necesario para no empujarse y acabar a tortas. Para saber la forma de comportarnos adecuadamente con nuestros semejantes simplemente hay que aplicar el sentido común. El diálogo, o sea, expresar lo que se siente y piensa de forma serena y saber escuchar, es el otro método para resolver los conflictos. “Hasta para enfadarse hay que ser un caballero”.

Desgraciadamente he sufrido el mal ambiente laboral en dos centros de trabajo de los cuatro en que he recalado (el primer día ya me advirtió un compañero que no pensara hacer amigos). Soy funcionario y a ninguno de mis compañeros de oficina les quito ni un pedazo de pan, por lo que no quiero ni imaginarme lo que ocurrirá en las empresas privadas con la feroz competencia por el ascenso y el peloteo al jefe.

El puesto de trabajo en un equipo humano, debe ser siempre una oportunidad de ampliar el círculo de amistades, o por lo menos, una ocasión de conocer gente nueva, aunque solo sean buenos compañeros, pero en esta sociedad tan competitiva en que se están desprestigiando los valores humanos, trabajar se está convirtiendo, cada vez más, en una ocasión para envidiar, putear o incluso acosar psicológicamente a alguien (a las féminas sexualmente también). Hemos sustituido la buena educación que nos transmitieron los progenitores durante siglos “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a tí”, por el improbable “mientras no me toque a mí”, porque tarde o temprano a todos nos llega la insolidaridad de nuestros semejantes. Cuando a una compañera de trabajo le insinué que mediara en un conflicto entre dos compañeros que tenía al lado, me contestó que por lo poco que cobraba no quería más complicaciones. Los malos ejemplos televisivos son abundantes: la ordinariez, la calumnia, el insulto y la inmadurez están al orden del día en todos los medios de comunicación.

Algunos llevan con tanto orgullo su austeridad emocional, que no dan ni los buenos días cuando llegan a la oficina (son trabajadores tóxicos para el equipo, aunque resuelvan individualmente muchos expedientes). A los serios les molesta la afectuosidad a los amargados solo les hace feliz amargar a los demás. Menos mal que en todos los trabajos también hay gente con un corazón caliente y ganas de derrochar afecto. Llevo treinta años en oficinas y he escuchado a bastantes sufridores decir que van todos los días a trabajar con la autoestima machacada, deprimidos o con la moral por los suelos, por el maltrato psicológico continuo o el aislamiento al que se ven sometidos por jefes psicópatas, aparentemente adaptados, o compañeros temerosos que no mueven un dedo cuando se quejan. Uno me confesó que a veces sentía ganas de que la tierra le tragara porque no podía soportar el buen humor y la amabilidad de los acosadores con los que consideran su gente. Dice la psicóloga que los que sufren mobbing, en casa no descansan, sufren pensamientos obsesivos, imposibilidad de concentrarse, insomnio y ansiedad (a veces es mejor estar en paro). Afortunadamente hoy en día se puede denunciar.

Los encargados de personal, en vez de estar tan pendientes de la hora, debían adquirir técnicas en mediación de conflictos y liderar al grupo desde la empatía en vez de una antagónica y estresante relación jerárquica. Una empresa mejora su producción si consigue un buen clima humano de trabajo y atiende a la vida de su personal según D. Friedman, el economista del sentido común que, mediante sus teorías de la autoridad moral, ahorró decenas de miles de dólares a la automovilística Ford (algunas empresas tecnológicas ya aplican estas técnicas y preparan actividades lúdicas entre la plantilla, con el fin de unirla).

En la vieja Europa se está sustituyendo el humanismo, fundamentalmente de origen cristiano, por el egoísmo burgués, el materialismo consumista y el individualismo que hace que cada uno vaya a lo suyo, también en el trabajo. Como dicen en Rumanía sobre los maleducados: “les faltan los siete años de estar en casa”. Si esto está ocurriendo entre personas que olvidaron valores como la cortesía, el respeto, la generosidad y la tolerancia con lo que no se comparte, ¿que será de nuestros hijos cuando trabajen si ni siquiera lo han escuchado?… educados por la grosera televisión y los amigos, igualmente perdidos.

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo: ACOSO Y DERRIBO EN “EL CURRO”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.