Creación Artística (y II)

Ricardo Ruiz de la Sierra

El arte, como bagaje de la memoria cultural colectiva, ha evolucionado a lo largo de la historia de la civilización en la medida que se iban agotando y colapsando las ideas que alumbraban cada periodo histórico. El estilo clásico reproducía con cánones estéticos estrictos a los personajes de la vida política y social de Grecia o Roma, en la Edad Media el arte enseña las escrituras sagradas, en el renacimiento el manierismo señala la personalidad independiente del artista, se amplía la temática y se enriquece con el intento de plasmar también los rasgos psicológicos de los personajes, finalmente en el barroco se trasciende con la alegoría y el simbolismo desviándose de la objetividad clásica y buscando otras formas de expresar los estados anímicos del autor (incluso en la obra de encargo). En los comienzos del siglo XX surgieron con fuerza diferentes movimientos artísticos en el noble empeño de buscar las máximas posibilidades de expresión: impresionistas, postimpresionistas, expresionistas, surrealistas, etc. Hoy en día el gusto artístico es ecléctico, pero, a mí modo de ver, se abusa de lo abstracto (los cuadros te pueden hacer juego con el sofá pero a ver que haces con la poesía que no se entiende…). Se han perdido completamente los referentes estéticos. Parece una corriente pseudoartística más cerca de lo decorativo, a parte de las tomaduras de pelo de ‘la institución’ en las ferias de arte contemporáneo. (Dalí y Cela también lo hicieron pero después de demostrar su genialidad).

El hombre no ha cambiado tanto, sigue alegrándose y entristeciéndose por lo mismo, enfrascado en las mismas pasiones humanas, aunque los viejos tabúes hayan caído. La valoración estética de una obra de arte, a mí parecer, debe hacerla el gran público al que se dirige, que suele juzgarla con unos principios básicos, como la ética, independientes de las circunstancias históricas. Como el paisaje en las distintas estaciones del año el péndulo de la historia del arte debe, en mi opinión, volver a tomar como referencia la naturaleza, en su belleza o en su fealdad, la técnica y el trabajo. El ideal de Afrodita o Adonis permanece con pocos cambios aunque la publicidad nos atiborre de modelos anoréxicos o ahembrados.

A cualquier actividad humana se ha elevado a la categoría de arte: la cocina, el diseño, la moda, incluso al fútbol, y a cualquier decorador, intérprete o periodista se le llama pintor, músico o escritor respectivamente. Hoy al creador profesional de cualquier cosa se le llama artista. Dice el gran diseñador Milton Glaser: ” Un buen diseño no te hace ver otro mundo… refuerza algo que ya conocemos”. Algo tan prosaico como comer, vestirse, decorar tu casa lo tratan de equiparar con los grandes temas de los que se ocupa el arte, al buen oficio con el trabajo intelectual, el buen gusto con la investigación, la originalidad con el estudio, lo compulsivo con lo reflexivo. En nuestros días ya no se juzga a la obra por su mérito sino por la firma (porque vende). El autor que ha hecho cosas muy buenas puede hacerlas malas (sobre todo cuando tiene que pagar una hipoteca) o directamente haberlas hecho siempre mal para el gran público pero la Institución asegura que tiene talento.

La literatura tiene bastante de recreación de la realidad, nos permite vivir otras vidas, sentir con los personajes, conocernos mejor pero al mismo tiempo escapar del mundo y de la cruda cotidianidad. Si la narración no tiene conexión con hechos que a todos nos afectan, no llega nunca a lo universal ni la obra se independiza del artista. Para mí particularmente la narración por la narración no se justifica por mucha profesionalidad del autor  pero es lo que actualmente abarrota las librerías, (“es como comer pipas”, me dijo una lectora empedernida), sin embargo escasea el ensayo novelado o narrativo de los intelectuales que te hacen reflexionar.

Pero si la profesión es fundamental para los artistas plásticos en busca de la emoción estética (que nada tiene que ver con la creación compulsiva autógrafa) no lo es para los narradores. En estos, el oficio, cuando ya se ha adquirido un estilo, es repetición, y la profesionalización es perjudicial para el arte. Decía Machado: “Una vida de poeta no es nada”. El escritor requiere dedicación en cada proyecto y si no hay inspiración, honradez para admitir que aunque narre bien eso, no es suficiente para escribir un libro o hacer literatura; es como el político, no debe hacer de la política su vida mas allá de una o dos legislaturas (el premio Nobel de literatura Juan Rulfo que solo escribió una obra).

Conmovido por la belleza me deleito con las artes y leo por que como dice la canción infantil, “en los libros se aprende como vivir mejor”, pero solo escribiré mientras tenga algo que contar y me acompañe la ilusión de que a alguien pueda aportar algo.

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo:Creación Artística II

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