Ricardo Ruiz de la Sierra

El ejercicio físico moderado no solo es bueno para el mantener en forma el cuerpo también lo es para la mente: “Mente sana in córpore sano”, refuerza la autoestima, la voluntad y la capacidad de sufrimiento aunque ignoro si lo recomiendan los psiquiatras. Mi experiencia es que, si encima, es al aire libre es beneficioso hasta para el espíritu, aunque llueva. Con el estilo de vida moderno, cada vez mas sedentario y, donde nos mal-nutrimos a base de bebidas azucaradas, bollería industrial y kilos de carne es imprescindible moverse. Hay una epidemia de obesidad en el primer mundo con 700 millones de gordos según un estudio publicado por la revista The Lancet.

Los seres humanos empero, no somos seres de costumbres sino de adicciones. Los hábitos, muy a menudo, se convierten en manías. Observo que empezamos practicando ejercicio físico saludable y acabamos haciéndolo obsesivo-compulsivamente sobre todo, los individuos que en la juventud practicaron poco deporte. Por no hablar de la pena que da ver en los gimnasios, encadenados a las pesas, a los vigoréxicos mirándose los bíceps o a los anoréxicos quemar grasas que no les sobran.

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La gente corriente que retoma la actividad deportiva del colegio para rebajar peso, disminuir el colesterol o dejar de fumar por prescripción médica o simplemente para sentirse mejor, en seguida parece que fuera a participar en la próxima olimpiada. Los que a los cuarenta empiezan a correr pronto se ponen como meta el maratón de Boston (ahora se ha puesto de moda cuesta arriba, por montaña); los que nadan se tiran horas en solitarias sesiones de centenares de largos; los que pedalean, los sábados y domingos emplean toda la mañana en largas etapas (jugándose el tipo en la carretera); los senderistas como boys scouts con pantalón corto y canas salen cada fin de semana y en verano van a campamentos de adultos (lo que rompe muchas parejas). Además de las aburridísimas sesiones entresemana sobre la cinta, o en la bici estática (aunque sea con cascos). Lo digo por el careto que tienen y la mirada reprochadora, que atraviesa el cristal del gimnasio, como llamándote “vago” mientras hacen girar un mecanismo interminable como conejillos de indias enjaulados.

Lo primero es ir bien equipados, como los profesionales, con ropa deportiva a la moda, térmica y transpirable fabricada por mano de obra dudosa y con la última tecnología prendada de la piel, cual grilletes, del pecho, la muñeca o el cuello. Los runners y bikers saben cuantas calorías consumen, latidos cardiacos, distancia recorrida (me imagino que en un bosque virtual), etc. Pocos se atreven, aunque estén en paro, a utilizar la misma ropa o zapatillas para todo.

Se empieza por entrenar una hora, dos o tres días por semana (más genera adicción según los preparadores físicos) y se acaba varias horas todos los días. Rápidamente rivalizan consigo mismos, con la máquina del gimnasio o con los compañeros. En la primera prueba popular o campeonato en el que participan (suele haber tres categorías de veteranos), después de la satisfacción de haber llegado o haber participado quieren más: comienzan a comparar marcas, posiciones o tanteos de padel. La rivalidad se desata y con ella la ansiedad, el sufrimiento… en una actividad en principio lúdica y saluble. El objetivo ya no es hacer un poco de deporte semanal sino superar al compañero de entreno o rebajar las propias marcas. Algunos, en vez de ejercitarse se machacan, tienen lesiones, problemas de bajo rendimiento en el trabajo (por agotamiento) o relegan las labores de casa, descuidan las relaciones de pareja o a los hijos por falta de tiempo. (Conozco varios de estos casos de practicantes del triatlón moderno amateur). Otros, se obsesionan de tal modo que incluso cambian la alimentación equilibrada por dietas de “comida sana” (ortoréxia) o consumen anabolizantes pseudo-legales perjudiciales para la salud a largo plazo. Este modo de ejercicio poco saludable física y mentalmente suele acabar hastiando al cabo de pocos años y la mayoría de estos padres y madres de familia, trabajadores y deportistas abandonan de nuevo el deporte totalmente.

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En la adolescencia y la juventud, cuando la única obligación es estudiar, empleábamos horas y horas para preparar los campeonatos de España, Regionales y de San Isidro de remo (en esos tiempos no había veteranos solo categoría infantil, juvenil y senior). En el 1968 nadie hacia deporte que no fuera la gimnasia de la escuela o la mili (muy parecidas por cierto) y, cuando el entrenador nos mandaba dar una vuelta alrededor del lago de la Casa de Campo, como calentamiento previo a embarcar en el esquife, la gente se creía que corríamos por que nos perseguía alguien o por que había un incendio. Hoy da gusto ver las calles y los parques llenas de gente corriendo, patinando o en bici.

El deporte de alta competición, sin tener en cuenta la sofisticada “farmacología” que le rodea ahora, suele provocar lesiones de por vida, sobre todo en las disciplinas de contacto y, se puede decir, en muchos casos, que es tan insano, por continuado e intenso, como el obsesivo de la madurez aunque, es una experiencia que suele compensar a los deportistas. “El éxito no es una medalla sino intentarlo”. El régimen de entrenamiento es como para “volverse loco” dijo Michael Phelps en Río y esa es la razón por la que deja la competición, a pesar de toda la expectación mediática que provoca. El mayor mérito del maratoniano no es correr cuarenta kilómetros sino entrenar cuatro meses (como mínimo).

Es verdad que hoy los cuerpos cincuentones no son los de antes pero el deporte con moderación es salud, como aconsejan los médicos y los preparadores físicos. Además así quedará tiempo para ejercitar el cerebro. Siempre me he preguntado: ¿Por que la gente se preocupa tanto de cabeza para abajo, incluso en la madurez? La veteranía es un buen momento para ocuparse sobre todo del arte y el conocimiento… para apuntarse a la biblioteca en vez de al gimnasio o acudir a una conferencia en vez de a una carrera y para caminar al mismo tiempo que se disfruta y se reflexiona ¿Será cierto que correr es de cobardes? Como nos gritaba algún anciano ¿De qué o de quién huimos en esta sociedad de la prisa? Ninguna obsesión es buena excepto la del científico que investiga para la humanidad y quizá la del artista tras la perfección (el deportista profesional no está obsesionado a aprendido a dosificar la serotonina).

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Y si me permiten un consejo dirigido a los que todos los años abandonan el gimnasio en primavera, aburridos, después de los buenos propósitos del año nuevo: el deporte en plena naturaleza, en pareja o en equipo, de intensidad media, y todas las disciplinas posibles, para hacerlo más divertido y menos adictivo, por aquello de las endorfinas que segrega nuestro cuerpo en el entreno y nos vuelve locos por el ejercicio.

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo: ¿Deporte u obsesión?

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