Ricardo Ruiz de la Sierra

Ricardo Ruiz de la Sierra

Me cabrea la manía que le ha entrado a los Políticos de utilizar para todo el verbo garantizar. Cada vez se escucha más a menudo, en los medios de comunicación, frases como: “Vamos a garantizar la seguridad… garantizar el trabajo… garantizar que no haya accidentes, etc.”

La palabra garantizar viene de dar garantía y este compromiso sólo lo pueden hacer los fabricantes de cosas; que te las arreglan en caso de avería o te la cambian por una nueva (aunque primero tengas que amenazarles con ir a la Organización de Consumidores)

El que garantiza paz, en un mundo injusto, salud, en un cuerpo tan vulnerable, felicidad, en una sociedad materialista, futuro en la fatalidad de la existencia humana o el control de las catástrofes cuando a la naturaleza no la podemos dominar; el que garantiza todo esto y más, en realidad no garantiza nada, es un mentiroso porque no son cosas materiales (ni a uno solo le han devuelto a la vida los estados). Son hechos que nadie puede asegurar que se van a realizar, no dependen únicamente del que gobierna, aunque trate de convencernos de ello diariamente en los informativos.

Esta moda deriva de la cultura del seguro que se ha afianzado en nuestra sociedad e incluso en nuestra mente: temerosa ante la vida. Aseguramos el coche, la casa, la jubilación, los accidentes (incluso que se caiga un hijo de los brazos), la mascota, contra el incendio o el robo de todas las cosas que poseemos (ya nadie se desespera por que le roben el caro smartphone) o la misma vida y así, parte de nuestro estrés laboral proviene de esas horas extras que debemos realizar para pagar a estas compañías que siempre ganan. Decía Séneca: “El que depende del mañana se pierde el hoy, dispone de lo que está en manos de la fortuna y desprecia lo que está en las suyas”. La realidad es siempre otra de la que nos quiere hacer creer el mercado, y cuando el azar nos golpea con sus múltiples vicisitudes e incidentes, el dinero no sirve de nada, aunque abogados y agentes de seguros nos digan que “la pena es menos pena con dinero”, a ellos sí, que no les duele y se llevan un porcentaje de cada indemnización. (Doscientos mil euros “vale” la vida de un joven asesinado de 23 años según el fiscal, cuando los padres solo quieren justicia). Lo único que ayuda en momentos de desgracia es el amor, la compañía y la amistad de nuestros semejantes y el tiempo, que aún tullidos hará que volvamos de nuevo a vivir. También ayuda la fe en Cristo, que pasó por la vida haciendo el bien sin ninguna póliza frente a la barbarie humana.

Yo solo pago los seguros que me obligan porque el peligro, contrate un seguro o no, va a estar ahí igual. El riesgo que afrontaron con menos cosas y más alegría nuestros antepasados. Ortega y Gasset sostenía que somos náufragos sin ninguna isla a la vista pero que en la incertidumbre esta también el placer y la alegría de vivir. Personalmente intento ser cada vez más empático y socorrer a quien cae en desgracia de mi familia, barrio, país, etc. Sentimiento humano “gratuito” que deriva de que quisiera que alguien me ayudara a mí cuando lo necesite, como los sirios en guerra (no olvidemos que quinientos mil españoles fuimos acogidos tras la nuestra). Solidaridad, cooperación evolutiva, fraternidad, amor al prójimo… del que las instituciones deberían dar ejemplo en vez de ser tan cicateras y, que ninguna aseguradora debería intentar cuantificar en euros (“solo los necios confunden valor con precio” decía A. Machado).

Ningún político y menos los que dirigen la insolidaridad del mundo pueden garantizar la seguridad frente al terrorismo internacional por poner un ejemplo. Se puede prevenir un poco, nos podemos proteger bastante, podemos matar a muchos o invadir a todos los “países malos” pero jamás podremos garantizar la paz (echemos un vistazo al pueblo palestino acorralado, empobrecido y masacrado, que todavía saca de la desesperación terroristas dispuestos a morir llevándose algún judío por delante con un simple cuchillo de cocina). Que los políticos no justifiquen la fuerza armándose hasta los dientes, que no nos engañen con las numerosas medidas de seguridad porque algunos ciudadanos pueden tener una sensación de bienestar falsa. Trabajemos todos para fortalecer la justicia y así tendremos una paz bastante aceptable (jamás una garantía, porque siempre habrá psicópatas o individuos con un trastorno social enfadados con el mundo).

Yo, como me voy a morir seguro, no voy a hacerme un seguro de vida y esa hora de trabajo al día que me ahorro voy a dedicarla a estar con mis hijos; como tampoco puedo garantizar su futuro lo mejor que pueden heredar de su padre es el ejemplo y una buena educación. Decía Séneca: “No es breve la vida sino largo el descuido del tiempo en el hombre, tan ocupado”(en trabajar para los seguros).

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo:GARANTIZAR MENOS, POR FAVOR

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