Ricardo Ruiz de la Sierra

En este siglo intercomunicado todavía más por las nuevas tecnologías, (ojala alguna vez se globalice el bienestar material), las malas noticias de cualquier parte del planeta ya no vuelan sino que van a la velocidad de la luz. Prácticamente nos informan de todos los asesinatos, ejecuciones, violaciones o torturas al poco de perpetrarse. Nos enteramos de la barbarie de la que es capaz el ser humano a lo largo y ancho de este mundo. También de los desastres naturales y accidentes en tiempo real.

Es triste saber que hay mucha gente en este mundo que se siente abandonada a su suerte (que ve peligrar su vida, sus recursos o simplemente que no ve ningún futuro). A veces todo ese sufrimiento supone una carga insoportable para un ciudadano medio de un país como el nuestro, educado en la empatía… la cena se te queda fría y la cerveza caliente delante del televisor ante imágenes que hieren la sensibilidad del espectador. Nunca ha habido tanta información sobre el dolor y la maldad de nuestros semejantes, aunque los que investigamos sobre la condición humana ya nos lo imaginábamos.

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Imágen de Gamonal

En Alepo vemos en directo como el imperialismo ruso mantiene a un dictador y a sus intereses geoestratégicos en la zona bombardeando impunemente barrios llenos de civiles, donde se refugia la primavera árabe en Siria (no me extraña que Obama parezca un pusilánime al lado de Putin y su amigo Trump pues, que sepamos, solo ha mandado matar a Bin Laden). En el mediterráneo vemos diariamente como rescatan gente y ahogados (se calcula que 4000 este año). Casi a diario escuchamos nuevos atentados terroristas, de los que se auto inmolan llenos de odio o en legítima defensa, aunque siempre y desgraciadamente contra victimas inocentes. De los enterrados en fosas comunes por el DAES nos ponen al corriente ahora que se van replegando. Y así, tenemos conocimiento de un sinfín de tragedias en todos los rincones de los cinco continentes causadas por el hambre, la pobreza, el nacionalismo, el fundamentalismo económico o religioso.

En la información nacional la crónica negra se amplia, día si día no, con los asesinatos machistas, como el último en que una mujer maltratada se apiada del cáncer de su ex-pareja, regresa y el hombre la mata. Los noticiarios vuelven una y otra vez sobre los casos de pederastia o desapariciones, dando pelos y señales desvelados en el proceso judicial que repugna al más insensible (algunos programas de entretenimiento de la tele continúan por la tarde con el morbo). Y ya puestos no hay semana que los medios no nos alarmen, por no haber contrastado antes el suceso, con algún caso de acoso en el trabajo, en la escuela, CIES, reformatorios, etc. Afortunadamente el acoso mediático de periodistas y partidos (incluso compañeros) sobre imputados en alguna causa que tenga consecuencias fatales es poco frecuente (ahora que estamos tan sensibilizados con la corrupción se creyeron con el derecho a condenar a Rita Barberá antes que los jueces).

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Alepo

Puede que toda esta negatividad de la que sin duda hay que informar nos pueda abatir (influye la crisis económica en la que estamos inmersos) o dar la sensación de que todo va a peor y no es así, simplemente cada vez sabemos más y hay menos impunidad. Hay que decirlo alto y claro: estamos mucho mejor que en cualquier otra época y, en el futuro todavía estaremos mejor gracias a ese “ojo de halcón” del móvil e Internet que acaba destapando las tramas delictivas y exhumando los cadáveres (cualquiera puede hacer de reportero).

No hay que perder el optimismo a pesar del surgimiento de los populismos que tratan de enrocarse hacia el nacionalismo y la xenofobia. En los problemas de Occidente nadie se juega la vida ni si quiera sus mascotas y afirmar lo de los “pobres energéticos” es pura demagogia porque si no podríamos echar la culpa al estado de la cantidad de muertes en invierno por los braseros o en coches que están circulando de mas de diez años.

La confianza en el otro es la base con la que se ha desarrollado la humanidad. La especie social por excelencia necesita confiar. Por eso nos indigna la corrupción de algunos políticos “condenados por los tribunales” en los que depositamos nuestra confianza. Las democracias son solidarias, promueven el bien común y asisten al que está en dificultades (en España esta apreciación reconfortante la siente más del 80% de los encuestados). En un mundo interconectado es necesario, más que nunca, que la solidaridad se haga internacional. Hay que acoger a quien huye de los conflictos como lo hicieron con nosotros y a quien lo hace por motivos económicos porque robamos durante milenios sus materias primas sin necesidad de visado (la globalización del mercado parece que consiste en que las multinacionales paguen salarios míseros en el tercer mundo). Hay que confiar en la colaboración del ser humano, clave de su éxito según Darwin,  más que en la competencia (“hombre, lobo del hombre”).

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Últimamente en el coche cambio los informativos de la radio, por música clásica e imagino todo el bien que hacen millones de personas por amor, verdadero motor del mundo, y que hace “al bosque global crecer aunque un solo árbol al caer no nos deje oírlo” como dice, más o menos, un proverbio chino.

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo: EL VICIO DE QUEJARSE

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