Ricardo Ruiz de la Sierra

La cacareada movida madrileña de los ochenta fue únicamente un movimiento estético. Ni siquiera fue una corriente musical de importancia dada la pésima calidad de las canciones (salvo raras excepciones). La falta de conocimiento musical de los numerosos grupos surgidos les llevaba en muchos casos a un solo tema pegadizo de éxito, que hoy bailamos básicamente por que añoramos los veinte años.

La verdadera movida estaba detrás del escenario, de las plumas, de los vistosos pelos de colores o de las sandeces al micrófono de los intérpretes entrevistados en la tele, fue la extraordinaria apertura de una sociedad en transición desde la dictadura. El debate ideológico se centró en la modernización española, huérfanos del mandón y gracias a los “Pactos de la Moncloa” (ejemplo de otras metamorfosis pacíficas en el mundo). El socialismo democrático eliminó el marxismo y lideró el cambio. Del 82 al 92 España se transformó como nunca antes lo había hecho… esa fue la década prodigiosa, la de Felipe González y su equipo (no la de Almodóvar y sus chicas) y que los sucesivos gobiernos, de distinto signo político han continuado. En los ochenta se transformaron profundamente las instituciones, las infraestructuras y los Servicios Sociales del país lo que propició el despegue económico español en una evolución sin pausa a pesar, de los palos en las ruedas del terrorismo vasco (las revoluciones de izquierda o las involuciones golpistas traen más muertos y miseria).

Los trabajadores seguían currando como siempre han hecho y los universitarios nos preparábamos duramente conscientes de ser los nuevos profesionales que encabezarían la modernidad mientras otros jóvenes hacían el payaso en la tele. La Ley de Sanidad del 84, por ejemplo, universal y gratuita (vía cotizaciones sociales trabajaras o no) dio origen a los estupendos centros de salud y los hospitales comarcales de la actualidad. En mi primer puesto de trabajo en el 86, el compañero, próximo a jubilarse forrado de dinero, se escandalizaba por que nunca había pagado impuestos y por que la criada ahora se llamaba empleada de hogar. Entonces los funcionarios completaban los bajos salarios con “recibís en mano” de los humildes administrados con la connivencia del Estado que hoy serian considerados corrupción y cohecho (médicos, veterinarios, secretarios de juzgados, policías, bomberos, barrenderos, etc.)

Lo malo de todo aquello es que mucha de esa gente de la farándula (músicos, pintores, fotógrafos o cineastas pésimos) que nunca hincó los codos siga viviendo del cuento y que algunos políticos que legislaron como verdaderos servidores públicos hacia el bien común se deslumbraran con el brillo del dinero que comenzó a circular o a entrar desde de la Comunidad Económica Europea. La nueva Fe: “la sociedad del bienestar”, practicada a lo largo de estos treinta años ha oscurecido las ideas, devaluado la honradez, disminuido la responsabilidad y obviado el humanismo de la mejor tradición cristiana o de las generaciones del siglo pasado que si fueron fabulosas, en el arte y el pensamiento.

Pero que no se froten las manos los nostálgicos del franquismo, que todavía queda alguno deseando que la democracia fracase. Estamos mucho mejor que en los ochenta. Los buenos artistas acabaron triunfando, los grupos de calidad permanecieron en el tiempo (tenían poco que ver con la movida), los homosexuales salieron del armario sin tener que protagonizar shows grotescos donde la gente se reía de ellos, los intelectuales siguen orientándonos, los creyentes en la navidad siguen acudiendo a la Iglesia en vez de a los nuevos templos comerciales y de la libertad de expresión se ha apoderado el ciudadano a través de Internet. Los cincuentones ya pagamos la hipoteca y podemos mantener a nuestros hijos estudiando, incluso fuera con la ayuda de la beca Erasmus. También podemos mantenerlos mientras encuentran trabajo que por la facilidad actual para viajar (económico y sin necesidad del pasaporte) y la preparación académica pueden hacerlo en Europa (ellos no emigran como sus abuelos, sin dinero, sin saber inglés y sin billete de vuelta).

Podemos estar orgullosos, los veinteañeros de hoy son más tolerantes y solidarios. Mucho más informados que en los ochenta ahora toman conciencia de que a pesar de la crisis económica los mayores problemas están en un tercer mundo globalizado. Hay que seguir trabajando para solucionar los problemas de este tiempo con nuevas herramientas, sin mayorías absolutas, negociando, leitmotiv de la política. Eso es lo que quieren los jóvenes con su voto para evitar populismos: nuevos pactos. Nos lo recuerda Vargas Llosa “el verdadero progreso resulta del esfuerzo compartido y debe estar signado siempre por el avance de la libertad y los derechos humanos”.

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo: Los “ochentames”

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