Ricardo Ruiz de la Sierra

La gente anda como loca de una tienda a otra, van cargados con bolsas y paquetes de todos los tamaños y formas. Algunos son tan voluminosos que los arrastran en carritos con ruedas y entorpecen aún más el tránsito por el abarrotado centro comercial. La música navideña se sucede sin interrupción por los altavoces de ambiente. Cada escaparate aparece llamativamente adornado con los universales símbolos de la navidad: papanoeles de un rojo intenso, arbolitos de plástico plegables, brillantes guirnaldas, bolas de todos los colores chillones del espectro y multitud de lucecitas intermitentes por todas las esquinas y rincones.

Un Santa Claus de carne y hueso, mal disfrazado y serio me alarga el brazo con vales descuento; un paje, que más que negro parece minero, me ofrece cartas para que los mas pequeños escriban los juguetes que quieren de un enorme catálogo (las fotos son tan atractivas que dan la impresión de que duran más de una semana sin romperse).

Voy buscando apretujado entre la gente un regalo por estas falsas calles del centro comercial, donde tienes calor en pleno invierno, luce un sol nada esplendido todo el horario comercial y donde sólo llueve si hay un incendio. Las sonrisas de satisfacción que muestran los modelos publicitarios, por usar una colonia, o un móvil y los mensajes de felicidad y paz para el nuevo año al lado de los electrodomésticos y de otros carteles que dicen: “en cómodos plazos” o “no empiece a pagar hasta enero” no hacen sino ponerme, a cada paso, más triste.

El día de navidad es regalar algo en familia, intentar llegar al orgasmo consumiendo un poco más, y a mí remar hoy en esta marea humana al son de las campanillas, me vuelve impotente, me agobia y me da dolor de cabeza. De pronto, me cruzo con una indicación luminosa: SALIDA DE EMERGENCIA, y decido escapar un rato a la intemperie a ver si el frio y el viento me despejan un poco.

Me arrebujo bien en el abrigo y me pongo a caminar por la acera. Hace rato que ha oscurecido. Esta noche cenaré con la familia, aunque alguno es un poco estúpido. Después de la alegría de verlos enseguida empiezo a aburrirme pero está bien reunirnos al menos una vez al año. Además comeré pavo y beberé champán hasta hartarme y a lo mejor, este año, ponen algo interesante en la tele.

Me llama la atención un Belén en la hornacina de una Iglesia Cristiana, y es que, cada vez es mas raro encontrar este adorno en navidad. No hay nadie alrededor y sin embargo son unas figuras muy bien hechas. El niño Jesús, regordete y sonriente parece real, me recuerda a mi hijo cuando era pequeño. Los tres Reyes que le adoran han sido olvidados por el tragón de Santa Claus, debe ser que la sabiduría ya no esta de moda. Me viene a la mente el cuento de los cristianos que casualmente coincide con estas fechas de celebraciones navideñas.

Seria una auténtica locura, si Dios existe, que se hiciera un vulnerable bebé. La única explicación que le encuentro a esa tontería es por amor. Los hombres también hacemos muchas tonterías cuando nos enamoramos. Sería, desde luego, una lección de humildad. Los cachorros humanos cuando se agitan y sonríen provocan en cualquier adulto una gran ternura y, verlos tan indefensos, una infinita compasión. Encima, elegir de entre todas las familias de reyes o de ricos, la de un obrero y una joven de dudosa virtud (por quedar encinta antes del desposorio) sería un acto divino de complicidad. Desde luego, sería toda una apuesta por los menesterosos, y nacer en un establo sobre paja… bueno, eso ya sería una auténtica protesta contra la pobreza y la injusticia en que viven tantos niños en el mundo. Si viniera al mundo así ni los judíos que esperaban a un Mesías le reconocerían. Esa historia de amor, el más hermoso de los cuentos, sólo lo creería la gente sencilla del pueblo y algún que otro sabio, como Unamuno que decía: “Es tan bonito que es imposible que sea inventado por hombres”.

Si fuera así de apasionado el amor divino sabríamos alguna cosa del dios desconocido al que nos referimos cuando decimos que: “Algo tiene que haber” pues es el propio Dios el que saldría al encuentro del hombre. Sería un Dios más humano, que nos comprendería mejor al haber vivido entre nosotros pasando frio y penalidades nada más venir al mundo. Cuando aprendiese a hablar diría cosas muy interesantes, parecidas a las que dijo Jesucristo, aquel personaje que cambió el ritmo del tiempo: “Amaos los unos a los otros”. No sé porque Machado, el poeta que no quería cantarle al Jesús del madero, no le cantó villancicos al niño del portal, siendo tan hermoso o porque los que buscamos un sentido a la vida nos hemos olvidado de él, si en el centro comercial no encontramos felicidad.

Pero qué estoy imaginando todo eso es demasiado bonito para que sea cierto. Dios, si existe, no está para estos Belenes y no tiene la menor intención de inmiscuirse en nuestros asuntos (ya nos dará el paraíso).

Miro una vez mas la figurita del barro, es tan bella y es tan pobre su condición que me conmueve… he de reconocer que este Dios de los cristianos, que recuerdan precisamente ahora cuando acaba el año y todos nos regalamos, ha tenido una forma maravillosa de venir al mundo. Quizás lo de navidad viene de nacimiento no de ansiad.

Todos los años me hago desencantado la misma pregunta: ¿Cuál es el verdadero espíritu de la navidad? Este año mirando fijamente al niño que me sonríe, desearía aceptar su gran regalo, que no aparece en ningún escaparate del centro comercial y que además es gratuito: poner en práctica ese amor que recomendó al mundo y creer “yo soy el camino, la verdad y la vida”.

DICIEMBRE 2016

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo: NOCHEBUENA EN UN CENTRO COMERCIAL

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