Ricardo Ruiz de la Sierra

He oído a algunos incrédulos e inconsolables afirmar más o menos esto:

     “Hacer el bien, es una obligación para ciertas personas que siguen una doctrina religiosa o ética.

Obrar solidariamente se convierte en una necesidad para ser feliz, pues si proceden de otra forma irían contra sus principios.

Por lo tanto no es una manera de actuar altruista o gratuita… sino egoísta, aunque tenga buenas consecuencias para el prójimo.”

Yo me pregunto: ¿Qué cristiano o humanista sería capaz de creerse bueno y sentirse de esa manera dichoso? ¿Quién sabe sin reservas que ha hecho todo el bien que debía? ¿Quién honradamente no dudará de lo que hizo o dejó de hacer?

Ojalá hacer el bien pudiera convertirse en una necesidad o en un hábito y no tuviéramos que estar luchando continuamente contra nuestro egoísmo, comodidad o resentimiento, para ser buenos. Ojalá que cuando no nos cedan el paso, teniendo preferencia, o nos pisen sin querer el juanete y no nos pidan perdón o además nos lancen una mueca de desprecio, contestemos con una sonrisa de forma automática. Si hubiera muchos de esos magnánimos por ahí circulando por las mañanas cuando nos dirigimos al trabajo… este mundo iría mejor, mucho mejor.

Tal vez sería más útil pensar con mayor frecuencia en nosotros, ya que nadie lo va a hacer mejor y “por la caridad entra la peste”. No tenemos más que una vida y una oportunidad para vivirla, después no sabemos con seguridad que habrá (la fe cristiana es un riesgo para el que sólo pretende la salvación de la muerte) y la solidaridad no nos llega a nosotros cuando la necesitamos. Deberíamos esforzarnos para alcanzar nuestros propios deseos e ir ampliando nuestras metas con trabajo y constancia, así nos sentiremos más satisfechos y merecedores de nuestra suerte, que otros si no los hacen realidad es porque son más débiles o no se lo curran suficientemente. Claro está que deberíamos seguir intentando hacer felices a nuestra familia y amigos, en la medida que nos sintamos amados, reconocidos y valorados, pero no tendríamos porque estar pendiente de las necesidades de más gente; de estos que se encarguen las Instituciones que para algo pagamos impuestos. Ah! Y que funcione la Justicia, “el que la haga que la pague”. De los pobres desgraciados que están más lejos y sufren hambre o violencia que se encargue las ONGs o los gobiernos, nosotros sólo podemos mandar algunas monedas (que no siempre llegan, por cierto).

A escala personal intentaré no hacer mal a nadie, no quiero que me lo hagan a mí. También intentaré no calumniar ni difamar y no me alegraré de la desdicha ajena, como hacen otros. Ahora que si me atacan, se defenderme y por las malas no me gana nadie. Deberíamos hacer más caso a los psicólogos y pedir menos perdón, no arrepentirnos de nada o desterrar el sentimiento de culpabilidad, no sea que vaya a afectar a nuestra autoestima. Seria una forma de conducirme por la vida bastante aceptable y respetuosa, que cada uno apechugue con sus dificultades que yo tengo bastante con las mías. Así tendría momentos de felicidad, que como la lluvia Dios la envía sobre buenos y malos o como asegura un coach “fuera de los actos delictivos no hay acciones buenas o malas” y tendría mis momentos must (periodo depresivo en el celo de los elefantes macho), como la mayoría de la gente. Si fuéramos siempre así, tal vez nos fuera mejor como sociedad… pero:

¿Quién luchará sin desfallecer hasta que se acabe el hambre, la pobreza o la guerra en el mundo? (únicamente el que lucha por la utopía mejora las cosas) ¿Quién escuchará al loco que habla solo, después de la consulta del psiquiatra? ¿Quién proporcionará un poco de respiro a la familia del enfermo crónico o discapacitado fuera del horario de los servicios sociales? ¿Quién arrancará una sonrisa al niño de la casa de acogida? ¿Quién dará un poco de comprensión al reo de la cárcel nueva? ¿Quién dará esperanza al enfermo de cáncer o de SIDA? ¿Quién infundirá valor al accidentado mientras viene la UVI? ¿Quién animará al deprimido o al triste? ¿Quién acogerá al que esta solo? ¿Quién olvidará la afrenta del vecino?

Quizá estemos tan ocupados en nosotros que ni siquiera nos demos cuenta de estas situaciones o acabe por no importarnos o apaguemos el noticiario para no ver o escuchar. Hasta que en un inevitable día, a pesar del supertrabajo, la hipercasa y el dinero en el banco estemos tan tristes que nos sintamos completamente solos y nos lamentemos de haber comprado y medido todo, incluido el cariño. Quizás entonces nos demos cuenta de los beneficios de derrochar, de que lo que sobra hace daño.

Las obras “supuestamente” buenas o solidarias no se hacen esperando que nos consuelen a nosotros (de hecho suele ocurrir que de las personas que más esperas menos recibes), la generosidad que no sale del corazón no da felicidad. El amor, sin embargo proporciona un gozo que rebosa los poros del individuo hacia la colectividad. El que ame al ser humano se ocupará de las necesidades que no cubren ninguna sociedad avanzada y amará mejor a su pareja reduciendo el número de fracasos personales. El amor dadivoso y servicial, que nada espera, todo lo da, que perdona siempre y que no juzga, solo intenta comprender. Ese amor (que algunos tristes todavía cuestionan) todos lo llevamos en nuestros genes en forma de empatía. Gracias a la empatía triunfó la cooperación entre los hombres y ha sido tan exitosa su historia, dominando a la naturaleza y a las otras especies. Quizá sea un tema Teológico también pues aseguraba Platón “la existencia de una Idea de Amor, absoluta y eterna (Dios) y un Plan del Universo (diseño inteligente de la evolución)”.

Yo, si alguna vez fui altruista, conforté en lugar de ser confortado no fui más feliz; si comprendí en vez de ser comprendido no me alegré inmediatamente; cuando amé en vez de ser amado no obtuve consuelo; no me encontré conmigo mismo cuando alguna vez me olvidé de mis problemas por escuchar los de otro (incluso me cargué de negatividad). Si alguna vez obré solidariamente… no hallé descanso perdonando al que me hizo mal o me despreció, todo lo más sentí que ya me podían perdonar a mí. No, nada alcancé como recompensa por hacer el bien… ni siquiera una conciencia tranquila. Si como digo, alguna vez serví a mis hermanos eso no me hizo feliz, simplemente me hizo ser más comprensivo y crecer en fraternidad. Únicamente he sido dichoso en medio de la paz interior cuando y donde a Dios o el azar le dio la gana. Ante la belleza de un paisaje, un gesto de humanidad, la sonrisa de un niño… cuando intuyes el amor que nos tiene Dios o el que vamos atesorando.

El anhelo de felicidad que todo hombre persigue encierra un gran misterio: ¿Cómo ser feliz? “El que se busca a sí mismo se pierde” (Jesucristo y S.Freud)… “quien tiene el don de dar recibe el regalo más valioso” (ONU)… “monedita que esta en el alma se pierde si no se da” (A.Machado). La generosidad verdadera es la única actitud que a todo hombre, sea creyente o no, le hace tocar durante más instantes las estrellas, el éxtasis, la iluminación, el nirvana o la presencia de Dios y que deja una pequeña estela de alegría interior. Esta felicidad nace de la Ética, del escrúpulo natural del ser humano que le impide actuar con el otro cono no le gustaría ser tratado (la caridad si no es amor es desigualdad). Decía Teresa de Calcuta: “El fruto del amor es el servicio”… el amor que el humanismo cristiano o civil acrecienta y que si no lo tienes, no tienes nada… ni éxito, ni riqueza, ni generosidad.

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo: EGOÍSMO BIEN DIRIGIDO

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