Ricardo Ruiz de la Sierra

El 1 de febrero conducía hacia el trabajo cuando en uno de los pocos tramos donde se puede adelantar, por las numerosas curvas de la carretera de montaña, lo hizo un coche pequeño a gran velocidad. Cuando llegué a la primera curva me encontré un camión frenando en su carril del sentido contrario, polvo y humo. Fuera de la calzada a mi derecha se encontraba el vehículo que me había adelantado destrozado. Frené al igual que una furgoneta que iba detrás, que casi me da, y que resulto ser del hermano de la chica que acababa de tener el grave accidente.

Cuando nos acercamos la escena era dantesca, el cuerpo de la joven estaba inmóvil y ensangrentado tendido sobre los asientos entre un amasijo de hierros. El coche parecía un acordeón. Pensé que había fallecido. Tenía un golpe en la cabeza y según supe después, por el SAMUR, otro traumatismo grave en el tórax con pronóstico reservado, de hecho solicitaron un helicóptero, pero no pudo aterrizar por la niebla. El hermano gritaba y pedía auxilio pues no sentía el pulso con la mano en su cuello. A los pocos segundos, me dirigí a mi coche a por el móvil para marcar el 112 y observé algo que me desconcertó: la fila de coches parados en uno y otro sentido empezaba a circular por el espacio libre entre el camión y el accidentado mientras el chico gritaba desesperado con medio cuerpo dentro del coche de su hermana. Fueron minutos interminables de explicaciones a la operadora de emergencias pues no sabía el punto kilométrico, los conductores seguían pasando de largo pisando cristales, plásticos, esquivando un parachoques… Ninguno se dignó a bajar la ventanilla, tanto es así, que sólo quedó la furgoneta detrás de mi vehículo en plena curva, nadie señalizó el accidente y el siguiente que apareció casi se empotra.


Dos automóviles permanecían detrás del camión, el de una chica que no se atrevía a acercarse y el de un joven magrebí mientras el camionero, presa de un ataque de ansiedad iba y venía solo por su arcén. El joven magrebí abrazó al familiar desesperado y le decía que su hermana no estaba muerta (empezaba a moverse) y que se pondría bien, lloraba con él. Así estuvo al menos diez minutos animándole hasta que llegaron los bomberos que nos pidieron que no le dejáramos solo en ningún momento, a continuación, la UVI y la guardia civil (que corto el “indiferente” tráfico).

Le di las gracias al “buen samaritano” por su comportamiento y me dijo que Ala dispone del hombre cuando lo cree conveniente. Tuvo el detalle de pedirle el teléfono al hermano de la víctima antes de irse. Supongo que a esas horas de la mañana alguno de los conductores tenía a un hijo esperando o pensaría que ya se estaba atendiendo a las víctimas o que estorbaba o con la radio no oía los gritos o tenía miedo o sencillamente no cumplía con el deber de auxilio (los servicios de emergencia tardaron).

Siempre he pensado que la Educación que tanto sobrevaloran los intelectuales no es suficiente para obrar correctamente, que el conocimiento no basta para hacer el bien, ni la sabiduría para comportarse como un ser humano debe hacerlo con otro hombre (en la Alemania nazi había un 100% de escolarización). Los excelentes servicios sociales no llegan donde lo hace el corazón humano, únicamente el ser que considera al prójimo como un hermano es plenamente solidario. (En Free Town, los únicos que quedaron atendiendo a los heridos en la salvaje guerra entre tutsis y hutus fueron los Hermanos de San Juan de Dios; Cruz Roja y Médicos sin Fronteras abandonaron Sierra Leona). La religión ni es producto de la ignorancia, ni el opio del pueblo, ni está superada en un mundo desarrollado hacia el bienestar material, muy al contrario, es más necesaria que nunca para el bienestar mental ahora que se busca en la espiritualidad foránea: budista, meditación o el yoga.

Prisión en Sierra Leona Foto:FERNANDO MOLERES

Ya decía san Agustín en el siglo IV: “conócete, acéptate, supérate”.

Inclinarnos, con respetuosas dudas, por el sentido divino de la vida en ese 50% de posibilidades de que Dios exista, nos aleja del egoísmo, individualismo y nihilismo o de la pérdida de valores. Me atrevería a afirmar que el ser humano ha evolucionado gracias a creer en un dios y como consecuencia “cooperar en vez de competir”, como sostenía Darwin. La religión que solo es verdadera si es humanista, ha sido la principal herramienta de igualdad entre los hombres en Oriente y Occidente gracias al amor fraternal que predica y por la que ha sufrido persecución de los poderosos y el totalitarismo. Probablemente las Iglesias, las sinagogas y las mezquitas sean las mejores escuelas de humanismo, porque “la práctica religiosa no tiene sentido ni valor si no compartimos el pan con el hambriento, hospedamos al pobre sin techo, vestimos al desnudo y si no desterramos de nosotros la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia”.

Anas Modaman se sacó una selfie con Merkel en un campo de refugiado en septiembre de 2015. / REUTERS

De todos los dirigentes actuales Ángela Merkel, hija de un pastor protestante, que se declara creyente ha llevado a cabo la política más solidaria con los refugiados. El beneficio para la civilización ha sido muy superior a la intransigencia o intolerancia provocada por el fanatismo religioso, la revolución social en los creyentes más importante que la manipulación de los Patriarcas mediante la doctrina. “Solo el que es capaz de dar su vida por sus amigos ama de verdad” porque la religión también da sentido a la muerte.

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo: SÓLO UN MUSULMÁN

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