Ricardo Ruiz de la Sierra

La ansiedad es un mecanismo fisiológico que nos pone en alerta frente a un peligro potencial en un momento determinado. El componente psicológico provoca una descarga de adrenalina que activa los músculos y centra nuestra atención para la defensa o la huida. El miedo no es nada más que un estado de ansiedad. El problema surge cuando se hace crónica con un temor injustificado, aunque sea de baja intensidad. O sea, que no se mantiene como reacción a una enfermedad, trauma, malos hábitos o estímulo externo amenazante. En ese estado, el estrés acaba por agotarnos física y emocionalmente conduciendo también a la depresión.

Está ansiedad, uno de los principales males de nuestro tiempo como consecuencia del estilo de vida, opino que es de tipo existencial, al no encontrar sentido de la vida en esta vorágine, lo que provoca insatisfacción interior. Suele tratarse farmacológicamente pero tan sólo requiere pararse un poco, bajar el nivel de ruido, reflexionar y cambiar lo que consideremos oportuno. Los ansiolíticos y antidepresivos, el grupo de medicamentos más recetado en la sanidad pública, no curan este “malestar mental”, únicamente hace dependientes a los tranquilizantes y a las píldoras para dormir. Podemos equipararlo al abuso de cualquier droga ilegal, aunque sea recetada, cual parches, por un médico. Cuando nos llega una droga foránea o de nueva creación (como estas benzodiacepinas y fluoxetinas) que no está integrada en los usos y costumbres, existe un gran riesgo de descontrol y de producir muchos adictos. Como el güisqui escocés en los indios de América. Cada cultura tiene su droga y esta es regulada socialmente, aunque exista el riesgo de agarrarse a ella como a un clavo ardiendo y que complique más el duro bregar por la vida, es necesaria para evadirse de vez en cuando de la realidad. Séneca ya describió las bondades del vino para una mente sana.

Estamos en una crisis de sentido vital en los países desarrollados. En España la gente harta del nacional catolicismo, de la represión política y sexual se arrojó en brazos de la sociedad del bienestar material que nacía con la democracia y la entrada en Europa. Las personas perdidas, que antes les daba por rezar, hoy les da por el sexo. También por ir de compras, los videojuegos, la tele, el fútbol, viajar, el deporte o en la multitud de actividades de ocio que nos proponen. Parece que la ansiedad no la calmamos ni con sensaciones cada vez más fuertes. El comportamiento obsesivo-compulsivo se ha hecho tan habitual como el de nuestros perros.

Y es que, preguntarnos ¿cuál es el sentido de nuestra existencia? es crucial para la salud mental, apacigua ese agujero de nervios en la boca del estómago, que luego, después de meditar, podemos acompañar con una buena cerveza o copa de vino entre amigos. Nunca lo hallamos completamente, nunca llegamos a la meta, que no nos engañe el mercado o algún charlatán de turno, pero sí que podemos encontrar un camino. Muchos han buscado en la filosofía “Más Platón y menos prozac” de Lou Marinoff o en la razón poética de María Zambrano que habla de la intuición, otros en la solidaridad y en el servicio a los demás, otras en las actitudes espirituales como el budismo, la meditación… en definitiva: en la senda del amor.

Las evoluciones tienen la ventaja sobre las revoluciones (además de causar menos muertos) de que no arrasan con todo, conservan lo bueno de la tradición, lo que ha perdurado en la criba del tiempo porque ha demostrado que sigue siendo útil al ser humano y que le da una paz interior suficientemente estable como para que la alegría brote de día y de noche se duerma de un tirón. Por eso algunos han regresado a las mejores enseñanzas de nuestras raíces, que han perdurado dos milenios y han sobrevivido a todas las crisis de valores anteriores y a los defectos de los que las practicaban, los cristianos. El humanismo fraternal reivindicado por el papa Francisco y el mandato del amor de la Iglesia sigue llamando a los seres humanos desencantados del “bienestar material”, del subjetivismo, el culto al ego y el hedonismo. En las Eucaristías se vuelve a ver gente de mediana edad acompañados de sus hijos jóvenes ya que en ellas sólo se habla de pedir perdón y perdonar, dar gracias por lo que se tiene y ayudar a los que les falta lo básico (Cáritas es la ONG que más lo hace y sin necesidad de auditorías o certificaciones).

A la mayoría, sin embargo, la ansiedad se les ha incrementado por estar en paro con la crisis o porque los políticos les habían prometido el “oro y el moro” y resulta que, algunos de ellos, se lo han llevado a Suiza (el 3%). Con el fracaso de sus expectativas y el sinsentido existencial se han vuelto más inconformistas y exigentes (el 97% de los fondos públicos si se invirtió cosa que en los países subdesarrollados ocurre al revés) y han puesto su confianza en las nuevas mentiras: más simplonas, xenófobas o intolerantes que les gritan los líderes populistas de la izquierda o la derecha, para un supuesto futuro mejor.

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo: La ansiedad

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.