Ricardo Ruiz de la Sierra

El enamoramiento es siempre una enajenación mental y una manifestación narcisista del ego, independiente de la persona, en quien se proyecta las necesidades y deseos propios. En realidad, el enamorado esta “encantado” del sentimiento que experimenta y de hallar, de momento, sentido a su vida. En la adolescencia “el flechazo de Cupido” es un episodio necesario para estirar la cuerda del control paternal hacia al sentimiento de pertenencia a un grupo más amplio del familiar (bandas musicales, tribus urbanas, redes sociales, etc.)

De adultos solemos apasionarnos de un equipo de fútbol, un ideal como el nacionalismo, los animales etc. El psicólogo Daniel Kalemanh dice “Podemos estar ciegos para lo evidente y ciegos para nuestra ceguera” y añade: “La emoción está detrás de la mayoría de nuestras decisiones y el inconsciente de la mayoría de las elecciones”. Del apasionamiento erótico se sale de dos formas: amando, por el conocimiento real de la otra persona o despertándose escaldado y sin reconocerse. Algunos no salen nunca, se vuelven enamoradizos compulsivos por su exacerbado narcisismo.

Muchos quereres van siempre en la misma dirección (amor filial, paternal, fraternal…) y el amor de pareja tampoco desaparece, así como así, si se mantiene la admiración y el deseo. Cuando ocurre puede que se deba a graves carencias que se creen superar con el entusiasmo inicial, faltas de respeto que arrojan algo tan delicado contra el suelo o pudo ser que en algún momento uno decidiera buscarse a si mismo y quebrara la confianza y sin ella no es posible la relación humana.

Donde maduró el amor es posible que la rutina lo acabe pudriendo pero, la pensadora Karen Armstrong opina que, más bien lo echan a perder las “modas que nos presentan como liberadoras”. A la capacidad de resistir la tentación (sustituido por el eufemismo “saber decir no”) necesaria para alcanzar nuestros objetivos se la desprestigia constantemente.

Enamorarse, amar y querer son los estados evolutivos del amor erótico, no tienen nada que ver con su intensidad (en todo caso con la frecuencia con que se hace). Puede que la intensidad del afecto sea tan grande en la luna de miel como en las bodas de oro. Cuando la semilla del amor se riega con regularidad por ambos y se transforma en un árbol, con sus ramas y su sombra fresca, cuando lo talamos por la moda imperante, no dejaremos de añorar su fruta madura, aunque jamás lo reconozcamos por la autocomplacencia necesarias para seguir viviendo de dulces, que no amargan, pero tampoco nutren.

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo: EL ENAMORAMIENTO

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