Ricardo Ruiz de la Sierra

Un director de teatro aseguraba en una entrevista que la obra que representaban trataba de la vida misma: “las víctimas se convierten en verdugos y los verdugos en víctimas.” ¡Que barbaridad! Entonces, ¿debemos hacer algo? ¿Socorremos a los verdugos de la barbarie humana? ¿Condenamos a las víctimas? Algunos casos se han dado como el estado israelí actual y el holocausto palestino, pero solo como colectivo pues las víctimas internadas en los campos de concentración nazis o en la franja de Gaza nunca podrán resarcirse. Los daños en vidas humanas nunca se restituyen tras un conflicto. El tiempo favorece la reconciliación y el olvido… no la resurrección.

Los más débiles del tercer mundo (mujeres y niños) son casi siempre las víctimas y rara vez pueden defenderse en las guerras o castigar sin comer a los que se lucran con la ayuda internacional en las hambrunas. Los que emigran siguen muriendo en la mar obligados a lanzarse al agua y casi nunca arrojan a los traficantes primero. Los trabajadores pobres o los parados, víctimas del capitalismo salvaje en nuestro mundo desesperan jugando a la lotería para poder explotar a su vez a otros.

Por eso, hay que poner en valor a los que trabajan por la justicia y la paz. Debemos proponer modelos sociales distintos de futbolistas o cocineros y rescatar el prestigio de los grandes hombres que no se dejaron llevar por los sentimientos humanos más inhumanos: el odio y la venganza. Los directores de teatro o cine, aparte de escribir libretos o guiones absurdos, cuando fuera de escena se les pide opinión sobre cualquier tema, al igual que los actores, suelen cagarla (a pocos tengo por intelectuales).

Como una actriz que recordaba indignada como en los años setenta la sociedad admitía con normalidad que los hombres gritaran a las mujeres groserías cuando caminaban por la calle, violarlas en el matrimonio o acosarlas sexualmente en la oficina. Tengo que puntualizar que tocarlas el culo en el metro no estaba bien visto, como también aseguraba, se podían llevar una bofetada y la reprobación de todo el vagón porque entonces el Ágora también educaba. Exageraba, pero en todo caso olvida que las mujeres, que todavía no trabajaban fuera de casa masivamente, también eran machistas (como ahora las musulmanas). La mayoría se sentían alagadas con un piropo cortes (la máxima satisfacción de una mujer era atraer las miradas), la férrea moral exigía “resignación cristiana” al deseo de los maridos (los suyos no los podían ni expresar) y aconsejaban a sus hijas utilizar “las armas de mujer” con el jefe para que las contrataran (algunas irían más allá por pura necesidad económica, que conste que yo hubiera hecho lo mismo). Antes las jóvenes para meter mano a un chico que les gustase le seducían, pero decían un “no” atemperado que significaba “si” cuando este empezaba a besarlas (para que él pareciera el culpable). Todavía un buen escote y unas largas piernas abren muchas puertas desgraciadamente, aunque por fortuna “un no es un no”.

Está fenomenal que en Hollywood haya una nueva “caza de brujas” contra los acosadores sexuales “que no entienden alguna parte de un no” (una persecución un poco histérica según el director de una famosa publicación americana) pero no olvidemos que antes en el cine o el teatro había muchas caras bonitas y poca profesionalidad como única competencia para conseguir un papel, fortuna y casi segura fama. Como decía Ortega y Gasset “yo soy yo y mis circunstancias”.

En la sociedades desarrolladas las circunstancias han cambiado felizmente para las féminas (no tanto para los niños) pero puede que se estén transformando poco a poco en verdugos (o verdugas) pues no se apiadan de otras victimas silenciadas por la discriminación positiva: los hombres separados que se quedan sin hijos y sin nada y callan en los medios cuando saben que es verdad lo que publica el INE, que la violencia de las mujeres, que no mata porque no puede, es la causante de que el 38% de las víctimas de la violencia familiar sean hombres (dato del 2015).

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo: ¿VÍCTIMAS, O VERDUGOS?

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