Ricardo Ruiz de la Sierra

El libro es “el mejor amigo” en contadas ocasiones, la mayoría de la veces es una compañía aburrida, sobre todo en los últimos años que sólo quedan economistas al frente de las editoriales. Las librerías cierran o encogen sus locales (como una de las más espaciosas de Valladolid) mientras los best-seller se ofrecen en los supermercados junto a la comida para perros. Los índices de lectura bajan entre los jóvenes al tamaño de los doscientos ochenta caracteres de un tuit y los lectores de siempre no terminamos los libros. Algunos nos ponemos a escribir, frustrados, lo que no encontramos en las estanterías, pero, sin ninguna posibilidad de llegar al gran público o mejorar la mediocre literatura contemporánea (la Federación de Editores, monopolizada por un par de sellos, representa el 95% de la facturación)*.

Las editoriales no reciben manuscritos, han prescindido de los departamentos de lectura (es como en la crisis del sector lácteo en la que las centrales dejaron de recoger leche en las ganaderías), se nutren de sus escritores en nómina. Muchos manuscritos o libros digitales autoeditados, entretenidos y que nos hacen reflexionar como las grandes obras de la literatura universal, se pierden en la nube de internet donde hay todavía más basura. En un mercado literario tan opaco como el actual donde los grandes sellos han fagocitado a las editoriales modestas que publicaban cosas interesantes Unamuno y su “San Manuel Bueno, mártir” estarían sine die.

La ficción la escriben profesionales de la narrativa (la mayoría periodistas mediáticos) que piensan más en la adaptación al cine o en un sillón en la real academia que en los lectores mientras los que la editan piensan en el negocio huyendo de todo lo que huela a intelectual. Lo importante no es “leer” como dice el sector que da empleo a 30.000 personas* (los prospectos de medicamentos también es lectura) sino publicar literatura de calidad, así aumentaría el índice y cerrarían menos librerías (aunque el e-book supone ya el 28% de las ediciones)*.


Novelas con obsolescencia programada, para un par de meses, (35 títulos al día)* novedades continuas para consumir como una industria más del entretenimiento… es lo que regalaremos hoy junto con un rosa de aspecto deslumbrante, pero, que pronto marchitarán.

Los premios literarios están dados, se negocian entre las editoriales grandes, hasta los que pagamos todos con nuestros impuestos (El Cervantes). Los jurados a veces unen algún manuscrito para accésit entresacado de un rápido escreening (leídas tres hojas del principio, medio y final) realizado por alguien externo entre los varios centenares presentados. Pero nada se pierde, hay manuscritos que son leídos atentamente después y son ofrecidos a otro autor con nombre y en nómina.

Hago poquitos “amigos” nuevos, pues en mi opinión faltan intelectuales que escriban y sobran profesionales de la escritura. El libro de ficción es un producto “light” elaborado en una cadena de producción: bien escrito y sin faltas de ortografía (es lo único que garantizan) que, al lector, que puede entretenerse de muchas maneras, le decepciona o le deja igual porque lo que narra es pueril, violento (yo no leo novela negra me limito a ver el telediario) o pornográfico. Decía Machado: “lo que menos importa de un libro es que este bien escrito”.

Siempre nos quedarán los “clásicos” amigos, los de toda la vida, libros imperecederos, obras de arte que además… nos hacen preguntas importantes.

*Datos del 2016 de la Agencia ISBN

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo: Día del Libro

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