Ricardo Ruiz de la Sierra

Son numerosas las excusas que las personas educadas nos buscamos para hacer mal a los demás. Como no soportamos la idea de que hacemos daño con plena conciencia, atribuido únicamente a los psicópatas, necesitamos justificar nuestras malas acciones: “A ese le resbala todo”, “es un maltratador”, “se lo merece”, “ya es hora de que le paren los pies”, etc. Muchos burgueses transitamos las calles con cara de amargados, pero nos creemos buenos ciudadanos simplemente por no ir violentando en público al personal como hacen los maleducados o los borrachos y en casa nos creemos buenas personas por hacer el bien a familiares y amigos (cosa que hasta los terroristas hacen). Juzgamos sin piedad a las personas, pero no nos preguntamos el por qué de que actúen así, condenamos sin querer conocer los hechos en profundidad “cuando el rio suena…” La comprensión o la empatía las queremos únicamente para con nosotros.

“El furor se desahoga sobre quién aparece como indefenso” se escribe en La Dialéctica de la Ilustración, sobre el niño gordito de la escuela, el raro de la oficina, el inmigrante, etc. Nuestra ira se descarga contra el que se salta alguna norma porque nosotros, educados para obedecer, no somos capaces de cuestionarnos las reglas (todas lo son, hasta las que dicen que Dios nos ha dado). “La ley es la ley” aunque a veces sea absurda, obsoleta o inútil. Nuestra falta de valor nos hace incapaces de oponernos a la injusticia por no contradecir al grupo de pertenencia (familia, trabajo, equipo o partido) o echar una mano al que lo esta pasando mal, no sea que te hagan lo mismo a ti (el miedo es libre). Al que es brillante le cubrimos de críticas para preservar la mediocridad general y al que innova, primero le llamamos “loco”. Nuestra insociabilidad la justificamos con no aprecio hacia el que nos cae mal (que es el mayor desprecio), nuestra frustración personal trata de amargar la vida al que vemos feliz, nuestra envidia de destruir poco a poco al que disfruta. Mussolini dijo: “si desplumas a un pollo pluma a pluma, nadie lo nota”. Los adultos no somos más que niños crueles disfrazados de madurez.

Con frecuencia somos desagradecidos, no nos disculpamos y si nos piden perdón contestamos “si claro pero el daño esta hecho”. Nos indignados a la primera de cambio, sin ver nuestra parte de culpa ni tratar de resolver los inevitables conflictos dialogando (como no van a estar los juzgados desbordados). Si el conflicto es entre otros dos, en vez de mediar, nos decantamos sobre el que nos simpatiza. Cuando a un compañero de trabajo no le podemos echar le hacemos la vida imposible ocho horas al día “este se va a enterar” que susurramos los funcionarios (curiosamente donde más casos mobbing laboral se dan). Cuantas veces hemos dicho:” yo por las buenas soy muy bueno, pero por las malas soy el peor” y es que, sentirse agredido es la mejor excusa para atacar al prójimo. Entonces nos comportamos como unos auténticos acosadores: retiramos el saludo, maldecimos, y el deseo de infortunio ajeno nos exuda por los poros de la piel hasta que nos llega la oportunidad de vengarnos. Nos tiramos a la yugular con pajita, cortésmente, sin que se note y, nos damos una palmada en la espalda “la mejor defensa es un buen ataque” o “estoy salvando a los demás”.

El que nos cuestiona va dado. La identidad supuestamente atacada, el ego o el narciso que todos llevamos dentro nos puede convertir en el hombre-lobo del hombre, el peor enemigo de la humanidad.  Cuando señalamos a uno de los nuestros, damos por supuesto que se vayan preparando los que no considero de los míos. He oído incluso a algún egocéntrico sostener que “el paternalismo impide crecer”. No socorremos a aquellos que lo necesitan a sabiendas de que los Servicios Sociales no llegan donde si lo hace la fraternidad de los voluntarios de las ONG’S. La solidaridad a secas no es humanidad.

Nos creemos tolerantes, pero no soportamos de vecino al diferente. Nos creemos ecuánimes, pero en muchas ocasiones pisamos a la gente que nos rodea en una competencia laboral, social y económica feroz. Cumplimos el deber de pagar los impuestos, pero nos creemos con todos los derechos. (Por eso ahora votamos a los populistas que prometen el oro y el moro). Después del duro trabajo, en nuestras cómodas casas ante una buena cena caliente y una cerveza fría sentimos que lo merecemos a pesar de ver por la tele gente que trabaja más y sucumbe en la pobreza. Nos consideramos justos por no cometer delitos, pero deseamos que “el que la haga la pague”, que le caiga todo el peso de la ley tapándonos los ojos y los oídos a las desigualdades sociales. Luego nos escandalizamos de que un loco desesperado arremeta a tiros con sus excompañeros de trabajo, de clase, pareja etc. (cuando en algunos casos es una profecía que todos ayudamos a que se cumpla). Dice Woody Allen “hay gente que cuando se levanta por las mañanas piensa- no soy culpable de nada- y otros -soy culpable de todo-“. Los primeros no se arrepienten nunca los segundos son sus victimas “carne de cañón”. En la estupenda película “la librería” sobre lo cabrones que podemos llegar a ser un protagonista divide la sociedad entre acosadores y acosados. Yo creo que hay un tercer tipo, cada vez más numeroso, el de los inmaduros, que cuando se levantan por las mañanas afirman “el culpable de todo es fulanito”.

Sólo los idealistas mejoran las cosas y hacen que la utopía avance, los que no se conforman con el status-quo, los quijotes, los que a veces reman contracorriente, los que desobedecen una orden injusta, los que fueron bien educados para formar un espíritu crítico. El que supera el temor y se enfrenta a la clase media le criticamos, al que destaca, intentamos desacreditarle, al que da buen ejemplo le ponemos la zancadilla (aunque a casi todos nos recuerde a nuestra mama) y al que sigue su camino le decimos que está equivocado. El que está convencido de que otro mundo más humano es posible le investigamos en internet, al rival político, su currículum.

No se trata de tener la “altísima autoestima de unos pocos que se juegan la vida por todos” (Leopardi) o de amar a nuestros enemigos (Jesucristo) o de ser uno de esos imprescindibles que luchan toda la vida (según Sartre) ni siquiera de ese 20% de la población con el coraje suficiente para aguantar la presión del grupo sin negar la evidencia; se trata simplemente de no comportarse como un  hijoputa social o acosador adaptado y tratar a los demás como te gustaría que te trataran a ti.

Pero, no queremos salir de la zona de confort, ni cuestionarnos a nosotros mismos, ni examinar la conciencia, ni arrepentirnos porque es un proceso doloroso “de corazón”, que rezaba el catecismo y que exigía propósito de enmienda. Aprendemos de la televisión, en esa escuela deshumanizadora para adultos, como despellejar a las personas y lo hacemos con los vecinos, exageramos las faltas de los otros o damos falso testimonio. Nos quejamos en una espiral sin fin y embotamos la empatía con las múltiples ofertas multimedia o de ocio para mantenernos ocupados. El hombre moderno no reflexiona, y eso que cada vez está más sólo. Corremos nuevos peligros emocionales con las familias deshechas, sumergidos en la “masa” del grupo de pertenencia, en la ciudad deshumanizada, en el estado del bienestar, material sólo y no nos dará “paz interior” suscribir un seguro ni pagar a un gurú de la nueva espiritualidad… únicamente nos salvará, como siempre, el AMOR.

Artículo original publicado en el diario digital Cosas de un Pueblo: Hipocresía

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