Ricardo Ruiz de la Sierra

A la España vaciada ¿quien la ha dejado sin gente? ¿Los políticos? ¿La falta de inversión? No, el progreso. Las personas en el siglo XXI tendemos a juntarnos para disponer de mayores posibilidades de realización.

En el siglo pasado el 80% de la población española vivía en el medio rural y se dedicaba fundamentalmente a la agricultura y la ganadería (se vivía a una distancia asequible, en carro, de las labores del campo). No había más remedio que aguantar en pequeñas localidades la envidia, los cotilleos, la maledicencia y a cruzarte varias veces al día con quien no te hablabas o te caía mal (y eso que yo de pequeño cuando iba al pueblo me maravillaba ver a mi primo saludar con la mano a la gente por la calle, pues en Madrid no conocías a nadie). A cambio la gente vivía en contacto con la naturaleza y los animales domésticos. Los señores, dueños de las tierras y los jornales, vivían en sus casonas de piedra y ladrillo con capilla y sala de baile mientras los pobres subsistían en casas de adobe con un cerdo, unas gallinas y un pequeño huerto. En los cincuenta y sesenta la mano de obra emigró a la incipiente industria de la costa (Cataluña y el País Vasco) o a la capital. Los señoritos fueron detrás comprando los pisos del centro de la ciudad.

Las megaciudades son una tendencia global y la población mundial que vive en un entorno urbano ya ha superado a la que vive en el rural. ¡Que pasa! que ahora se vive peor en estas metrópolis aunque, los déficits de naturaleza (que no suplen las zonas verdes urbanas) se superan en media hora de automóvil. Hoy, la mayor calidad de vida se haya en las cabeceras de comarca (pueblos grandes) y en las ciudades medianas. No se debería invertir ni un euro en las poblaciones de menos de dos mil habitantes (lo señalaba un informe del Colegio de Ingenieros de Caminos de los años noventa) y hay comunidades como Castilla y León que necesitan una verdadera reconversión de aldeas (como se hizo en la metalurgia), aunque ningún político se ha atrevido a ponerle el cascabel al gato. Vivir en estas pequeñas poblaciones y exigir servicios es una insolidaridad para con el resto de españoles porque una escuela, un consultorio medico y una línea de autobús o tren son mucho mas caros que en cualquier barrio de una ciudad (es como si los que deciden vivir en una urbanización privada exigieran servicios). Trabajo en pueblos desde hace treinta años, y he presenciado el despilfarro de miles de millones de las antiguas pesetas en los mataderos (abandonados hoy), frontones que nadie juega, calles peatonales que nadie pasea e iglesias que nadie reza. Todo para que lo disfruten una semana al año los que regresan a su paraíso perdido (la infancia) ahora que se veranea en la playa y de viaje por el extranjero. Muchos de los que presiden las asociaciones de “amigos del pueblo” o lideran las manifestaciones de la “España vaciada” viven en la ciudad. Hay que invertir en pueblos grandes para que tengan todas las comodidades (ideales para criar) eso si que estén cerca de una ciudad (ideal para los jóvenes). La PAC (política agraria común) ha hecho mas rentables actividades como la ganadería y la agricultura, pero las zonas agrarias siguen perdiendo población. Dentro de unos años en los pueblos pequeños sólo quedaran explotaciones grandes y la mayoría de ganaderos (los agricultores ya lo hacen) irán diariamente a trabajar en su coche desde la ciudad, los fines de semana habrá senderistas, seteros o cazadores en las casas rurales y para la Virgen de Agosto los paisanos del pueblo. No hay remedio y en algunos casos es mejor. La idiosincrasia de las pequeñas comunidades es actualmente, según la opinión de un médico de una población rural de mil habitantes (bueno ya tendrá ochocientos), “una forma patológica de vivir”. Los ancianos y los urbanitas estresados que deciden cambiar radicalmente de vida dudaran poco. Es una pena, pero es el signo de los tiempos que ciertos oficios, lenguas y pueblecitos desaparezcan (quedará en los museos y en los tratados antropológicos). Que la gente viva donde le dé la gana, pero sin exigencias.

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